30 may 2020

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Banderas de la UE frente al edificio de la Comisión Europea.

EFE / OLIVIER HOSLET

La Unión Europea, una realidad

Fernando Carrera y Pedro Pérez-Cuesta Llaneras

Una de las actividades que más hemos repetido los españoles durante los primeros días de lo que el presidente Sánchez ha bautizado como “nueva realidad”, es la consulta casi obsesiva de noticias. Hemos permanecido horas frente a la pantalla pendientes de las cifras de infectados y fallecidos, del estado del material sanitario que parecía no llegar nunca, y de cómo se resistía la dichosa curva.

Durante ese tiempo, una de las noticias que nos hizo arquear la ceja fue la de comprobar cómo estaban gestionando ciertos países vecinos esta crisis. Veíamos con cierto asombro e incredulidad que en países de nuestro entorno, las medidas de confinamiento fueron desde el primer momento significativamente menos restrictivas. Así, hemos podido ver cómo, en los Países Bajos por ejemplo, se permitía el ejercicio al aire libre del que tan recientemente hemos podido volver a disfrutar los españoles.

Ante esta situación, no pocos ciudadanos de la Unión Europea, pero en especial españoles e italianos, que somos quienes seguimos sufriendo las medidas de confinamiento más duras, pusieron el grito en el cielo sorprendidos de que la Unión Europea permitiese que cada país adoptase una política distinta en lo relativo a la lucha contra el covid-19.

En el fondo, lo que sorprendía, era el hecho de que ante una crisis que se ha revelado a todas luces global, y dentro del seno de la Unión Europea, siguiesen siendo los Estados quienes en pleno ejercicio de su soberanía nacional, estableciesen las medidas que considerasen oportunas para hacer frente a la pandemia sin coordinación aparente. Esta extraña sensación ante el ejercicio soberano de competencias no cedidas a la Unión, no hace otra cosa que poner en evidencia que la idea de la Unión Europea ideada por Monnet, Schuman y compañía, es ya una realidad, no solo en el plano práctico e institucional, sino muy especialmente, en el marco mental de los ciudadanos de la Unión.   

En sus memorias, lectura más que recomendable en esta época de creciente nacional populismo antieuropeo en que la Unión necesitará quien la defienda, Monnet explicaba que los grandes retos a los que se enfrentarían las naciones revelarían que la mera cooperación entre países es insuficiente en un mundo global. Entendía este adelantado a su tiempo y perfecto desconocido en nuestro país, que la coordinación y cooperación que durante tanto tiempo habían sido prácticamente los únicas vías de acción conjunta entre naciones, eran una forma primaria de relacionarse y que por la naturaleza de los fenómenos económicos y sociales que iban a moldear el mundo a partir del siglo XX, estos iban resultar a todas luces inadecuados.

Como consecuencia de ese carácter decididamente resolutivo y pragmático, desarrolló, junto a otros genios de su tiempo, el denominado método Comunitario. Dicho método se concebía como una forma elevada y disruptiva de cooperación y consistía en la cesión progresiva de potestades por parte de los Estados a entidades supranacionales denominadas Comunidades.

El principal reto frente al que se enfrentaron quienes veían en las Comunidades el primer paso para creación de ese sueño, hoy realidad, llamado Unión Europea, era el marco mental de los ciudadanos y líderes políticos de su tiempo, que veían en la cesión de potestades a una entidad supranacional poco más que un delito de alta traición. “Las dificultades a las que se enfrenta la integración europea son primera y principalmente de naturaleza psicológica” que decía Schuman. Sin embargo, ese cambio de paradigma, consistente en entender que la prosperidad de Europa en un mundo cada vez más global solo era posible mediante la fusión de parte de su soberanía en instituciones capaces de adoptar el interés común europeo como brújula de la acción política, era condición sine qua non para el éxito de tan ambicioso proyecto.

Finalmente, ese conjunto de grandes personalidades al que denominamos Padres de la Unión, consiguieron convencer, y Europa se convirtió en una realidad. Hasta tal punto Europa se ha hecho realidad, que en el momento en que los países de la Unión empiezan a tomar decisiones frente a la pandemia de forma unilateral, lo que antaño era una realidad incuestionada, es decir, que los países decidieran sus políticas exclusivamente desde la óptica de los intereses nacionales nos parece un anacronismo extraño e impropio de nuestro tiempo.

Sin duda, es un éxito que merece ser puesto en valor que, en el viejo continente, en un periodo tan ínfimo como el que ha mediado entre la creación de las primeras comunidades europeas y hoy, se haya asentado de manera tan decidida en el imaginario colectivo de los ciudadanos de la Unión, que el marco de actuación frente a los problemas que nos azotan debe ser el Europeo y no el nacional.

Sin embargo, en un 9 de mayo como este y en el setenta aniversario de la declaración Schuman, no debemos caer en nuestra propia complacencia y debemos ser conscientes de la posición en la que se encuentra la Unión y de los retos, tanto internos como externos, a los que se enfrenta.

Nos encontramos en una época de enormes desafíos. La crisis económica y social que precederá a la actual crisis sanitaria, el papel secundario de Europa en el mundo y en sus relaciones con China y con EEUU, el auge del euroescepticismo y el retroceso de los valores democráticos en algunos piases de la propia Unión Europea, son sin duda algunos de ellos.

Ante esta situación de incertidumbre y miedo, los ciudadanos volverán su mirada a Europa y sus instituciones en busca de soluciones. Y Europa deberá estar a la altura.

En esta encrucijada en la que parece que los únicos caminos son EURexit o consolidación del proyecto Europeo, será esta capacidad de dar respuesta a los retos que tiene por delante, y en definitiva de ser una herramienta que mejore la vida de los ciudadanos, lo que determinará en última instancia el éxito o fracaso de la Unión.