08 ago 2020

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Análisis

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en una foto de archivo.

EFE / BALLESTEROS

Pablo Iglesias no es Gareth Bale

Jordi Mercader

Los socios de la coalición de Gobierno solo se tienen a ellos mismos, pero se flagelan públicamente con disensiones que justificarían la ruptura en otras circunstancias menos dramáticas

Ada Colau llamó hace unos días al alcalde de Madrid para hablar de la delicada situación de las dos grandes ciudades, las que más problemas presentan para cumplir los requisitos de desescalada. La alcaldesa de Barcelona descubrió que José Luís Martínez-Almeida tampoco había conseguido hablar con el presidente del Gobierno durante la crisis. Un dato más de la excepcionalidad, sin embargo un detalle que abunda en la imagen de un Pedro Sánchez abrumado por la gravedad de los hechos y abandonado (o empujado) a un estilo de gestión de la crisis poco empático con el resto de instituciones y partidos. La deslealtad de la oposición y los intereses particulares de sus socios parlamentarios puede explicar en parte su actitud; pero también tendrá algo que ver la tentación del ejercicio de la autoridad en solitario, propiciado por el estado de alarma.

El Gobierno de PSOE-Unidas Podemos nació como mal menor, especialmente por parte de los socialistas. El coronavirus lo ha empeorado todo. Sánchez dejó al propio Iglesias fuera del comité central de dirección del país, en un gesto discutible que aventuraba dificultades. Así ha sido: reticencias en el diseño del propio estado de alarma, discusión acalorada por el gasto del plan de choque económico, diferencias en la amplitud de los ertes y batallita por la capitalización de la renta mínima que acabó con un aplazamiento de la medida para no premiar una filtración desafortunada. Resultado, una decepcionante imagen de improvisación e incertidumbre ante la crisis, representada en consejos de ministros maratonianos dedicados a cortar y pegar textos no negociados para evitar la fractura del Gobierno.

El PSOE solo tiene a mano esta posibilidad de gobierno y Unidas Podemos también, salvo que el hilo telefónico Sánchez-Iglesias se corte definitivamente o que el PP adopte estándares europeos de responsabilidad ante las emergencias que hacen tambalear a los estados. A falta de milagros, la actitud de los socios de coalición es increíble. Solo se tienen a ellos mismos, pero se flagelan públicamente con disensiones que justificarían la ruptura en otras circunstancias menos dramáticas. Sánchez buscando fortalecer un liderazgo que nadie le puede discutir en el Gobierno con una exhibición de presidencialismo propio de la República francesa e Iglesias resistiéndose con todas las artes mediáticas a convertirse en florero de un Gobierno de izquierdas ante el mayor reto social imaginable.

Los socialistas asumen un alto riesgo político en echarse a la espalda toda la responsabilidad, sabiendo que no pueden permitirse romper con Iglesias pero regalándole argumentos para replantearse la coalición. La experiencia de gobernar con Unidas Podemos no debe ser una maravilla para el PSOE. Pero Iglesias no es Gareth Bale, un futbolista decepcionante al que el Real Madrid puede ningunear, no le necesita para nada y le sale muy caro. Tampoco Sánchez es Florentino Pérez, pues no tiene proyecto para la próxima temporada sin la continuidad de Iglesias.