30 sep 2020

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Dos miradas

Una mujer con mascarilla pasea bajo los cerezos en flor en Tokio.

REUTERS / ISSEI KATO

Llega abril y es inevitable referirse a la voz sólida y contundente, como una cortina de terciopelo, de T.S. Eliot. Comienza 'La tierra baldía', aquel poema largo, severo y solemne -"el alivio de una personal y totalmente insignificante queja contra la vida, un trozo de rítmico lamento"-, con los versos que nos informan de la ferocidad de abril, el más cruel de todos los meses. ¿Por qué, la crueldad? Porque mezcla memoria y deseo, "revive yertas raíces con lluvia de primavera", lo enterrado bajo la nieve, inerte y frío, y lo que está a punto de nacer, las lilas que se engendran en el campo muerto. Lo que éramos y lo que tal vez seremos.

La confrontación del pasado y el futuro está en el origen del lamento, en un presente incierto, en el primer fragmento del poema, que se titula 'El entierro de los muertos'. Es inevitable, en un abril más incierto que nunca, el más solemne y severo que hemos vivido, volver a Eliot y releerlo con los ojos asustados por la pesadez que se impone. "(...) no podía hablar", dice, "y la vista me fallaba, no estaba / ni vivo ni muerto, y no sabía nada / mirando el alma de la luz, el silencio”. Exhaustos y mortecinos, a la expectativa.