01 jun 2020

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Encerrado en casa

Calle vacía frente a al Estación de França, en Barcelona.

PACO FREIRE / ZUMA WIRE

Un puro desbarajuste

Josep Maria Pou

Empiezo a temer por mi salud, coronavirus aparte. Mi corazón pega un brinco con cada nuevo "¡clink!" del WhatsApp. Si salgo de esta, tendré que ir corriendo al cardiólogo. O al loquero

Acumulo ya dos semanas y un día de confinamiento, con mínimas salidas a la calle. SOlo para lo realmente imprescindible. Creo que en esos 15 días habré respirado un máximo de tres horas al aire libre. Me encuentro bien, por suerte. Ningún síntoma que deba preocuparme. Cruzo los dedos y respiro tranquilo.

Pero duermo intranquilo. No consigo conciliar el sueño hasta las tantas. Y apenas se insinúa la mañana, los párpados, inquietos, empiezan a moverse por su cuenta y se abren, impacientes, a la luz del día. Creía tenerlos bajo control, pero esta semana se me han desmandado. Ahora son dos persianas automáticas que suben y bajan a su antojo. Se abren cuando me empeño en mantenerlas bajo candado y se dejan caer, mandando señales de cierre inmediato, en lo mejor del libro o la película, sin importarles la hora, la luz ni mis esfuerzos para evitar el cerrojazo a destiempo. En la lucha desigual, siempre terminan ganando.

Entiendo que esto ocurre porque mi cuerpo es un puro desbarajuste. Me las prometía felices con el encierro. Me proponía ordenar mis cosas, aliviar la bandeja de entrada, saldar lecturas pendientes, colgar un par de cuadros y sacarme -¡por fin!- el título de cocinero en apuros. Pero lo único que he conseguido es alimentar una enfermiza adicción a las noticias de la tele, devorar en el iPad más periódicos que nunca (las hojas pasan mucho más rápido en la pantalla que en el papel), y pasarme horas asomado al balcón de internet buscando -arriba, abajo, derecha, izquierda- cuánto hay de verdad en eso de que “tutto andrà bene”.

Empiezo a temer por mi salud, coronavirus aparte. Mi corazón pega un brinco con cada nuevo “¡clink!”  del WhatsApp. Si salgo de esta, tendré que ir corriendo al cardiólogo. O al loquero. Para no oir los timbrazos del móvil me pongo a cantar a voz en grito mi particular himno de la esperanza: “'The sun will com out tomorrow, ¡tomorrow, tomorrow, tomorrow!'” Los vecinos de abajo, iracundos, golpean el techo para que me calle. El corazón se sobresalta de nuevo. Y entonces, por lo bajini, casi en susurro, a modo de plegaria, recurro a Pablo Milanés: “Yo pisaré las calles nuevamente”…