24 oct 2020

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Nuevas formas laborales

Trabajar en pijama

ANTHONY GARNER

Trabajar en pijama

Ester Oliveras

Existe un amplio consenso en que un día o dos a la semana de teletrabajo aumentan la satisfacción y mejoran la retención de talento

Estos últimos días, el teletrabajo se está imponiendo como una obligación para muchas organizaciones y está afectando a un porcentaje considerable de la población. Empresas, institutos, escuelas, y universidades, que daban por garantizada la presencialidad, de repente se quedan sin ella. Se trata de una disrupción sin precedentes, en la que se combina una situación laboral de mucho estrés para algunos sectores, como la sanidad o fuerzas de orden público, con otras que intentan evitar una parada absoluta de su actividad durante un período de tiempo, ahora mismo indeterminado.

Nuestro país no se caracteriza por sus avances en este aspecto. Según la base de datos Eurostat, solamente el 7% de las personas trabajadoras lo había probado con anterioridad. En estas cuestiones, la cultura pesa mucho y estos números constatan un culto nacional por el presencialismo y una fijación por horarios poco conciliadores con la vida familiar y personal. Países pioneros como Suecia, Islandia y Holanda tienen, como mínimo, un 20% de la plantilla realizando teletrabajo de forma regular. Otra posible explicación a este 7% es que exista una desconfianza a que las personas trabajen igual en casa.

Mantener la productividad

Sin embargo, las evidencias sugieren que la productividad a distancia suele mantenerse. Las pérdidas de tiempo derivadas de desplazamientos se reemplazan por otras, relacionadas con las interrupciones o las obligaciones familiares. Matizar que existen trabajos que, por su propia naturaleza, es fácil verificar la productividad y, por tanto, no requieren de mecanismos de control.

Desde el punto de vista de políticas de recursos humanos, destacar que existe un amplio consenso en que un día o dos a la semana de teletrabajo aumentan la satisfacción y mejoran la retención de talento. Las personas beneficiadas de estas políticas suelen ser aquellas que asumen obligaciones familiares y que valoran las políticas flexibles que favorecen la conciliación. De hecho, una de las principales peticiones feministas es que el trabajo y las promociones se valoren en función de objetivos y no de las horas que una persona pasa en la oficina. Tampoco en función de actividades sociales que después revierten en oportunidades laborales, dado que estas suelen escapar a mujeres que no pueden -o no quieren- utilizar estos mecanismos informales de autopromoción.

Pero aquí estamos. Casi todos en casa: niños y niñas, adolescentes, y personas adultas. De un día para otro, y con nulo margen de preparación. Un artículo reciente en 'Harvard Business Review' ponía de relieve que la primera premisa para un teletrabajo/telestudio exitoso es contar con la infraestructura adecuada para ello. Un espacio propio, ordenador, conexión, y quizá impresora, pueden ser elementos básicos que son habituales en los hogares, pero que no pueden darse por garantizados.

Caer en la desidia y el abandono

Suponiendo que tengamos la infraestructura, el paso siguiente es cumplir con las actividades laborales, que pueden medirse en número de horas o en desarrollo de proyectos. El teletrabajo semanal, uno o dos días a la semana, no debería suponer ningún problema; la misma inercia que rige el resto de la semana ayuda a mantener la estructura. Pero cuando nos enfrentamos a un período largo de teletrabajo, la situación puede cambiar radicalmente. Es mucho más fácil caer en la desidia y el autoabandono. Mantener un cierto orden en nuestros días es psicológicamente recomendable. Levantarse, ducharse, vestirse, y destinar un tiempo delimitado al trabajo, al ocio, al ejercicio, a las comidas, y a conectar con amistades y familiares. Las reuniones virtuales de carácter periódico, incluso diarias, pueden ayudar a mantener un horario. También podemos imitar a nuestros adolescentes: trabajar de manera individual pero conectados simultáneamente con compañeros y compañeras, es decir, con las cámaras activadas para mantener cierto contacto social. Este aspecto es un reto que deberá afrontarse de manera individual.

Pero existe otro reto todavía más complejo de carácter institucional: mantener una comunicación y una toma de decisiones eficientes a distancia. ¿Cómo han de ser las reuniones de trabajo cuando son 'on line'? ¿Cómo asegurar que la información llega a todas las personas sin que nadie quede fuera y, a la vez, sin saturar el correo electrónico? ¿Cómo sustentar la motivación y la moral a lo largo del tiempo? Son preguntas que tendrán respuestas más precisas una vez haya pasado esta emergencia.