05 ago 2020

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Dos miradas

El farmacéutico Michael Witte administra una inyección del estudio clínico de la potencial vacuna contra el coronavirus, este lunes, en el Instituto de Investigación Sanitaria Kaiser Permanente Washington, en Seattle (EEUU).

Ap / Ted S. Warren

Duelo colectivo

Emma Riverola

Incluso nos hemos permitido el lujo de despreciar la medicina tradicional. Se ha consumido todo tipo de chorradas alternativas de nula evidencia científica. Y ahí están los antivacunas, el egoísmo elevado al infinito

El estupor ha dado paso a la angustia. A las cifras del contagio ya podemos ponerles nombres propios, próximos. Quienes más sufren el envite son la única generación viva que sí sabe de qué van las epidemias. Son los que vivieron un mundo sin penicilina o la ‘gripe asiática’ del 57. El sida fue el golpe que, de nuevo, elevó el miedo a la enfermedad. Pero los avances médicos la alejaron de la sentencia de muerte. Y la prevención funciona. Nos habíamos acostumbrado a vivir la enfermedad de un modo particular. Un cáncer, un infarto, un ictus… Incluso nos hemos permitido el lujo de despreciar la medicina tradicional. Se ha consumido todo tipo de chorradas alternativas de nula evidencia científica. Y ahí están los antivacunas, el egoísmo elevado al infinito.

Se levantan hospitales de campaña y el miedo se extiende como un síntoma más. Es un miedo colectivo, como la enfermedad. También la recuperación deberá serlo. Y no solo la económica. Un duelo, un consuelo colectivo será obligado. El mundo de mañana también dependerá de cómo se gestionen las emociones. Ya se libra un combate entre la solidaridad y el egoísmo.