30 mar 2020

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Al contrataque

Imagen de la céntrica confluencia entre la calle Alcalá y la Gran Vía de Madrid casi vacía.

David Castro

La que se avecina

Carles Francino

Tenemos todo el derecho del mundo a pasar momentos de bajón, a soltar algún grito, pero también la obligación de intentar todo lo contrario, de buscar lo positivo

La escena podría cuadrar en una serie apocalíptica o en una comedia de enredo. Día gris en la gran ciudad, calles desiertas, una chica solitaria con pantalones de campana que disimula para no recoger la mierda del perro y un señor en chándal que la mira desde el balcón mientras escucha por la radio al presidente del Gobierno. “Disciplina social, unidos contra el virus, cuidemos a los abuelos, confinamiento en casa, gracias a todos…” Los mensajes se repiten machaconamente mientras en el edificio de enfrente una bandera de España flamea saludando a la nada.

No hace falta que nadie nos advierta, sabemos que vienen días muy jodidos y cada uno contraataca como puede: una bandera, un meme, una conversación por Skype, una poesía compartida, un libro, la radio, una canción, gimnasia sobrevenida… O también abriendo la válvula de la mala hostia. Tenemos todo el derecho del mundo a pasar momentos de bajón, a soltar algún grito, a blasfemar, a rebelarnos contra este inesperado arresto domiciliario. Pero creo que tenemos también la obligación -sí, la obligación- de intentar todo lo contrario; de esforzarnos en buscar ángulos positivos -que los hay- a esta situación tan rara. Me decía un amigo filósofo que podemos ser arquitectos de nuestra rutina, refundar la mirada sobre la geografía humana; y además que las humanidades son siempre un asidero de salud en tiempos de crisis. Vale, oído cocina. Yo lo diré de forma más prosaica: igual deberíamos evitar que esta crisis sanitaria y económica no derive también en una crisis de convivencia. Y eso no depende de Pedro Sánchez, ni de Quim Torra, ni de los que se parten la cara para reducir el botín de muertos del covid-19. Depende de cada uno de nosotros. Ahora que hemos descubierto que “una enfermera es más indispensable que un futbolista y un hospital más urgente que un misil”, ahora que “las fronteras que se defendieron con guerra se quebraron con gotas de saliva”  (Edna Rueda Abrahams dixit), no vayamos a cagarla en casa.

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