27 oct 2020

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Análisis

Sede de la Uefa en Nyon, Suiza.

Europa Press

Una obviedad para ganar tiempo

Rafael Tapounet

Si hace un mes alguien nos llega a decir que la cita más atractiva del calendario futbolístico en las próximas semanas iba a ser una reunión (telemática, además) del presidente de la UEFA, Alexander Ceferin, con representantes de las 55 federaciones adheridas al máximo órgano rector del balompié europeo, no le hubiéramos dado el menor crédito. Pero en esas estamos. Como sucede en tantos otros ámbitos, el fútbol busca a tientas la manera de hacer frente a las imprevisibles consecuencias de la crisis sanitaria internacional y anuncia medidas que tal vez le sirvan para ganar tiempo pero que, yendo al fondo del asunto, tienen tantas posibilidades de éxito como las que tenía el rey Canuto de Dinamarca cuando intentaba detener la marea mediante la oración.

Posponer un año la celebración de una Eurocopa que debía estrenar un nuevo formato con 12 sedes en otros tantos países (el peor escenario posible ante una pandemia global como la que estamos viviendo) es una decisión tan obvia como insuficiente. Pero al menos ha servido para obligar a la FIFA a poner en cuarentena su insensato plan para celebrar un mundial de clubs en el verano del 2021, un proyecto siniestro que constituye la última y más acabada expresión de la codicia que mueve el tinglado del fútbol aun a costa de exprimir a los jugadores y saturar a los aficionados.

Porque si algo ha venido a demostrar la crisis del coronavirus a los encargados de administrar y regular el noble arte de patear el balón es que el calendario no da más de sí, por más que los clubs, las federaciones y los operadores televisivos se afanen en habilitar nuevas fechas para seguir hinchando la burbuja de un negocio que, como se ha visto, es incapaz de encajar una situación imprevista sin amenazar con el desplome absoluto.

Cambiar de día la final de la Champions es, en las actuales circunstancias, un puro brindis al sol

La UEFA ha acordado aplazar la Eurocopa y ha hecho bien (aunque ahora habrá que buscar la manera de que el torneo masculino no se solape con el femenino, cuya cita inaugural está prevista para el 7 de julio del 2021). Pero ha dejado para más adelante, a la espera de ver cómo evoluciona la situación sanitaria, las decisiones verdaderamente delicadas, que son las que afectan al desenlace de los torneos domésticos y continentales (lo de cambiar de día la final de la Champions es, en las actuales circunstancias, un puro brindis al sol) y, sobre todo, a las fórmulas para gestionar el brutal impacto económico que la paralización de la actividad tendrá sobre los clubs.

Intentar paliar las pérdidas con nuevas competiciones y más partidos es un camino seguro hacia el desastre, y por ello es muy probable que acabe siendo la vía finalmente elegida. Puestos a pedir, parecería más razonable aprovechar la tétrica situación actual para meter mano de verdad a la estructura económica y financiera de los clubs, estableciendo reglas claras, fijando límites de gasto y, en suma, redimensionando (odiosa palabra, ya) todo el sector hacia un modelo más sostenible en el que los aficionados recuperen el protagonismo que nunca debieron perder.