06 abr 2020

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Códigos del patriarcado

La brecha personal

ANTHONY GARNER

La brecha personal

Silvia Cruz Lapeña

Las alarmas del amarillismo solo saltan si la obra que se quiere interpretar a la luz de lo privado es de un señor

“Para mí eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia”. Ese que leen ahí, enamorado, es Andre Gorz, discreto discípulo de Sartre, no solo en su repercusión teórica, también en su vida privada. La frase está en 'Carta a D.' (Ático de los libros, 2019), dirigida a Dorine, su esposa durante 58 años y escrita antes de suicidarse juntos en el 2007 por la enfermedad terminal de la mujer y el pavor insostenible de aquel hombre a vivir sin ella.

Pionero de la ecología política y enemigo de la automoción, a la que culpó de la mutación caníbal del capitalismo, Gorz explica su primera noche de amor, en 1947, la primera de muchas que celebraron en una cama de 60 centímetros –cómo mengua la comodidad en amores, epidemias y posguerras– donde la pasión se volvió necesidad y luego, matrimonio. En la misiva, se arrepiente de haberle amputado a su obra las caricias, los bailes y la luz que Dorine inyectó a su pensamiento.

Un hombre electrizado

No es el único a quien últimamente se le ha completado el retrato por el lado personal. 'Por nada del mundo. Un amor de Cioran' (Hermida Editores, 2019) recupera sus cartas con Friedgard Thoma, profesora de 35 años, cuando él, casado, acababa de cumplir 70. En ellas, el autor de 'Silogismos de la amargura' vibra del zapato a la punta del cabello: “Quisiera enterrar mi cabeza bajo su falda para siempre”. Ver ahí al nihilista derrotado es no entender nada: Cioran es un hombre electrizado que suspende su coherencia y vive.

¿Es voyeurismo? ¿Ramplón ejercicio de chafardeo? No. ¿Aportan esos textos algo a su trabajo? Sí. Como me dice Alejandro Hermida, editor de las cartas de Thoma, su interés al publicarlo “es ver cómo se aleja la obra del autor de su propia vida”. Y aporta un verbo sonoro y preciso, “rajar”, para referirse a la distancia entre el acto y el deseo, entre lo íntimo y lo público, que padece ­–como usted– el ser que crea.

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Esa raja, grieta o gruta se le ha respetado a los creadores, menos a las creadoras. El capítulo que dedica Peio H. Riaño a Artemisia Gentileschi en 'Las invisibles.¿Por qué el Museo del Prado ignora a las mujeres?' lo confirma. De la pintora barroca explica que se la ha valorado más “como mártir que como pintora” por la violación que sufrió de joven. Y añade: “Mientras el genio masculino es incuestionable y universal, al margen de sus traumas, dramas o psique, la obra de Gentileschi es reducida a su personalidad psicológica”.

“Una cosa es la obra, otra el autor”, decimos, y lo suscribo, pero lo aplicamos casi siempre a ellos, pues como observa Riaño –acertando– las alarmas del amarillismo solo saltan si la obra que se quiere interpretar a la luz de lo privado es de un señor. ¿A qué viene si no leer la obra de Virginia Woolf partiendo de su suicidio? Es cómodo y resultón, pero falaz que el último acto de una vida tenga más peso que una obra larga y próspera como la suya. ¿Afectó el encierro de Emily Dickinson al compás de sus poemas? Sin duda, pero no lo explica todo aunque a veces sea lo único que se explica.

Rol de anfitriona

Si choca más es porque no se hace con la misma ligereza con, por ejemplo, Max Ernst. “Es extraño que el espíritu de rebelión contra las costumbres de la odiada burguesía no penetrara en las vidas privadas de los inconformistas como Max Ernst y sus compañeros dadaístas”, narró su hijo Jimmy sobre cómo el “código moral distinto para hombres y mujeres” que sostenía su padre dejó a su madre, Luise Straus –también artista y periodista–, reducida al rol de anfitriona.

La cuestión no es si necesitamos esos detalles para valorar una obra, la pregunta es por qué con las mujeres ni lo dudamos, aunque no está de más recordar una recomendación de otra pensadora sobresaliente, Iris Murdoch, que nos alentó a interesarnos por saber de qué tiene miedo un filósofo. Donde ella dice “filósofo”, ponga lo que considere: escritora, compositor o pintora, pues solo de la fricción y la duda nacen las obras de arte y las ideas. Un artista que se da la razón, aporta poco. De sus roces internos y conscientes, además, brota el matiz y la rectificación. De ahí sale 'Las invisibles', donde además su autor cuenta cómo reparó en el tema que le ocupa y cómo cambió su mirada –entendida como la sensibilidad que permite a arrancar velos– y vio las mismas obras con un rigor renovado.

También del desacuerdo consigo mismo nace la despedida de Gorz en la que dice a Dorine: “¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?”