09 ago 2020

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Tensión en Oriente Medio

Turquía, Siria y la montaña rusa

MONRA

Turquía, Siria y la montaña rusa

Eduard Soler Lecha

Tras haberse ido acercando cada vez más a Moscú y alejándose de sus tradicionales aliados, ahora Turquía afronta un descenso vertiginoso y no está segura de poderle dar la mano a nadie

¿Puede pasar un país de ser un amigo a un agresor de la noche a la mañana? Eso parece si comparamos cómo el gobierno, la prensa y los ciudadanos de Turquía se refieren estos días a Rusia y cómo lo hacían hace apenas una semana. ¿Qué está pasando?

La noche del 27 al 28 de febrero, una ofensiva del ejército sirio –el de Assad, aliado de Moscú– acabó con la muerte de más de 30 soldados turcos que se encontraban en la provincia siria de Idlib. Su presencia en el norte de Siria es el resultado del apoyo de Turquía a grupos locales que han combatido tanto contra Assad como contra las milicias kurdas. Una presencia avalada por los acuerdos a los que previamente había llegado con Rusia en las negociaciones de Astana y Sochi. Por eso, el aumento de las hostilidades se ha visto en Ankara como una puñalada por la espalda de quien se suponía era su amigo.

Y aquí es donde tenemos que detenernos, en qué significa eso de la amistad. La gran paradoja es que, a pesar de los gestos de complicidad entre Putin y Erdogan, ambos países han estado apoyando a bandos rivales en Siria, pero esto también lo vemos en Libia. Los turcos pensaban que eso no tenía por qué ser un impedimento, sino más bien la base sobre la que establecer un nuevo equilibrio de poder en Oriente Medio y el Mediterráneo. Un nuevo orden, del que ellos serían los protagonistas y que dejaría a los socios occidentales en una posición secundaria. Estos cálculos, construidos desde la ilusión de que Rusia y Turquía eran dos actores que se sentaban a la mesa en pie de igualdad, se han topado con una realidad bien distinta.

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Turquía se fue acercando a Moscú porque se sintió cada vez más sola. Las relaciones con la OTAN, con Estados Unidos y con la Unión Europea son un campo plagado de minas donde reina la desconfianza y la frustración recíproca. Putin supo aprovechar bien este sentimiento y en el 2016, cuando Turquía sufrió un intento de golpe de Estado, fue el primero en tender la mano a Erdogan, en un claro contraste con las frías reacciones de los supuestos aliados de Turquía. Si hay algo que Rusia tiene claro es que hay que aprovechar cualquier oportunidad para debilitar la cohesión entre los socios de la OTAN. Y así lo hizo. A partir de entonces, todo fueron abrazos, fotografías y, sobre todo, contratos. Los ha habido en materia de gas y energía nuclear, pero el más significativo fue la adquisición por parte de Turquía del sistema ruso de misiles antiaéreos S-400, decisión que podría comportar la aplicación de sanciones por parte de Estados Unidos.

Maniobra desesperada

Montada en su particular montaña rusa, tras haberse ido acercando cada vez más a Moscú y alejándose de sus tradicionales aliados, ahora Turquía afronta un descenso vertiginoso y no está segura de poderle dar la mano a nadie. Erdogan afronta un triple problema: los aliados locales de Turquía en Siria están perdiendo, tiene un problema interno ya que la ciudadanía no quiere acoger a más refugiados, y además se siente abandonada por sus socios. Erdogan ha construido su imagen, hacia dentro y hacia fuera, proyectando fortaleza, y las imágenes de estos últimos días sugieren justo lo contrario.

Y es aquí donde tenemos que detenernos, en la última derivada que está teniendo esta crisis y que nos interpela directamente. Turquía le ha dicho a los más de tres millones de refugiados que acoge en su territorio, y a los 900.000 que podrían sumarse desde Idlib, que si quieren pueden dirigirse hacia Grecia y Bulgaria porque nadie se lo va a impedir. Con esa maniobra, Turquía puede buscar dos cosas: provocar pánico entre sus socios europeos para que no la dejen sola ante el riesgo de un aumento de la tensión con Moscú o, de forma más maquiavélica, desviar la atención de sus propios ciudadanos para que se fijen menos en Siria y más en la tensión con sus socios europeos. Una maniobra desesperada pero que a corto plazo podría funcionarle.

Precisamente porque esto es una montaña rusa no hay que descartar que tras un período de distanciamiento con Moscú, vuelvan a hacer las paces. Habrá que estar atentos a las declaraciones y los gestos durante el encuentro que Erdogan y Putin mantendrán el 5 de marzo. Aunque acercasen posiciones, lo que ha quedado confirmado estos días es que en esta particular relación es Rusia quien marca los ritmos y, por tanto, es totalmente asimétrica. La utilización del sufrimiento de los refugiados para obtener contrapartidas también tendrá costes a medio y largo plazo si el resto de Europa ve a Turquía no ya como a un socio difícil sino como un vecino hostil