29 mar 2020

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Usuarios de móvil ante el logo de Facebook. 

El antídoto

Mikel Lejarza

No es lo mismo vivir solo que estar solo, ni se debe confundir esto con estar acompañado por uno mismo. Hay muchas definiciones de soledad, pero hay una realidad que se acepta al margen de ideologías, razas o credos: La soledad es la enfermedad más común de este siglo tan conectado e individualista. Nunca en la historia los humanos hemos sido tantos, ni hemos estado tan cerca unos de otros; pero tampoco nunca habíamos estado tan solos.

En la bulliciosa España que llena calles y plazas de terrazas, bares y festejos con la más mínima excusa, más de cuatro millones y medio de personas se sienten solas habitualmente. Es decir, un 8% de la población total. Un 19,5% de los españoles viven solos, y un 40,5% de ellos declaran que lo hacen de forma no deseada. Hasta un 10% de la población afirma sentir soledad con mucha frecuencia. Son datos de una macroencuesta encargada por el Ayuntamiento de Madrid, preocupado porque el fenómeno afecta sobre todo a las grandes poblaciones, justo allí donde se encuentran los núcleos de modernidad más asentados de la sociedad actual. Y claro, como siempre que detectamos una nueva grieta en el edificio en el que habitamos, concluimos que se debe a algún comportamiento del presente que no teníamos en el pasado. Veredicto por tanto rotundo: las redes sociales son las culpables.

Las razones son inapelables. Internet ha puesto en contacto a más seres humanos que nunca, pero al mismo tiempo ha reducido el contacto personal entre nosotros. Tenemos miles de amigos en Facebook, pero pocos de ellos pasean con nosotros. Vivimos rodeados de pantallas, mientras olvidamos mirarnos a los ojos, ver las puestas de sol o descubrir el horizonte cada vez que la noche se esconde en él. No se trata únicamente de un fenómeno social; es también un problema de salud, porque lo que se siente termina por producir enfermedades de todo tipo. Así que hay que tomarse en serio un problema (en el Reino Unido llegaron a crear un Ministerio dedicado exclusivamente a resolverlo) que amenaza con crear un mundo feliz en el que tengamos que aprender a brindar, bailar, viajar o disfrutar con nosotros mismos, dada nuestra incapacidad para relacionarnos con los demás.

La televisión ha sido durante décadas el pecado original que explicaba los desastres que nos acontecían. Cuando un joven loco entraba en un instituto y acribillaba a sus compañeros, siempre era porque había visto demasiada televisión. Este papel de culpable corresponde ahora a la red; así que es buen momento para reivindicar lo mucho de bueno que ha hecho y hace la televisión. Porque no solo no es la razón que explica la soledad, sino que lleva décadas siendo el mejor antídoto que hay para combatirla.  Los datos no engañan. Actualmente, cada persona consume casi cuatro horas diarias de televisión. Entre los mayores de 64 años, esa cifra llega a las 6 horas y 22 minutos. Los últimos meses, el 93,7% de la población ha conectado al menos un minuto con alguna de las cadenas. La televisión es nuestra compañía preferida porque fabrica las historias de las que luego hablamos; pero, sobre todo, porque nos conecta al mundo que habitamos. Puede gustarnos más o menos. Pero es quien narra lo que somos.