28 feb 2020

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Tiempos pasados

La cuna del tirano

MONRA

La cuna del tirano

Silvia Cruz Lapeña

La nostalgia, ese veneno paralizante que nos atrapa en el entonces, es el sentimiento más inútil del mundo

No se deje atraer por los tonos pastel. No caiga en la tentación de decorar su comedor con muebles que parecen sacados de una clase de EGB. Déjese de vinilos, no masque chicles con sabor 'vintage'. No mire atrás, no lo haga. Y si está a punto de hacerlo, siga leyendo y apunte: la nostalgia es el sentimiento más inútil del mundo. La rabia es capaz de mover montañas, también la esperanza. Y hasta la tristeza ­–sentimiento inequívoco del final de las cosas– le servirá para medirse ante sí mismo, sus miedos y sus sentimientos y por eso nunca, jamás, hay que esquivarla.

Ningún tiempo pasado fue mejor, lo que ocurre es que usted está –como yo, ella o nosotros- más solo que ningún otro humano que nos precedió. Que la nostalgia, veneno paralizante que nos atrapa en el entonces, es una epidemia lo demuestran también los libros sobre el asunto. Uno es el de Diego S. Garrocho, 'Sobre la nostalgia: damnatio memoriae' (Alianza, 2019) donde reflexiona sobre esa forma tan tramposa de hacer memoria capaz de convertir en condena hasta un momento glorioso de nuestra vida al no poder superarlo o repetirlo.

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Pero si hay una prueba de que esa emoción es hija de la soledad y el aislamiento es 'Farenheit', el programa más longevo de Europa dedicado a los libros. Lo produce RAI 3, la emisora de la radio pública italiana dedicada a la cultura. Se emite de lunes a viernes de 3 a 4 de la tarde –¡valientes!– y me condujo hasta él Giosuè Calaciura, autor de un libro bellísimo, 'Los niños del Borgo Vecchio' (Periférica, 2019), novela sobre la infancia y las miserias materiales y morales de un barrio de Palermo donde tampoco hay nostalgia porque ni la niñez ni el pasado son buenos 'per se'.

Cuando arde un libro

Calaciura es, además de un siciliano de pluma fiera y sutil capaz de escribir ficciones que envidiaría Fellini, uno de los guionistas de 'Farenheit', maravilla que arranca cada día explicando la actualidad –una efeméride, el precio del limón o las inundaciones en Venecia­– a partir de la literatura. Es tan sencillo que resulta provocador y aún lo es más que lleven 20 años contestando a la misma pregunta que da título a la sección “¿Qué arde cuando arde un libro?”. A eso responde cada día una persona distinta: libreros, lectoras, maestros, doctoras, estudiantes, policías… Unos saben de letras, otras más de números e incluso contesta gente que nunca ha leído un libro, porque si algo hace bien 'Farenheit' es periodismo: no descarta realidades y aspira a todos los oyentes.

Pero es otra sección, 'Caza al libro', la que confirma que la necesidad del ser humano de oler a otro ser humano es siempre perentoria. En ella, la gente llama pidiendo ayuda para hacerse con un título que no logran encontrar. Parece raro en un momento donde todo se puede adquirir en un clic, ¿verdad? Pero no es extraño, es más viejo que la luz, es casi revolucionario. Se nota al oír la voz nerviosa del chaval de Amalfi contando que acaba de descubrir a Flannery O’Connor y quiere más. Mientras él cuenta su historia, un señor llama desde Roma para ofrecerle la edición que busca y el chico se emociona y da las gracias y el caso queda resuelto.

Han unido a muchos lectores de ese modo. Gente que, además de un libro, busca una coincidencia. Un roce, una caricia que dice “yo también vi lo que viste” en esa 'Sangre sabia' que firmó una de Georgia, que podría ser italiana, siciliana o andaluza, porque la mezquindad –como la nostalgia– no tiene fronteras porque no es delito.

'Farenheit' es, además de útil, bello y conmovedor. No subraya nada, lo expone todo. También la falta que nos hace la voz del otro. Mientras sus oyentes hablan e intercambian, nadie echa de menos nada: ni el libro ansiado, ni el tiempo perdido, ni otro régimen. Porque ese es el riesgo de mirar siempre hacia atrás con ojos de caramelo: la pérdida de matices y perspectiva.

Lo advirtió otro siciliano, Andrea Camilleri, que a pesar de haber creado al comisario Montalbano­ –gustoso con que la pasta, las mujeres y las leyes sean como las de antes– evitó esa emoción fuera del folio en blanco, consciente de que idealizar el pasado puede ser un buen recurso literario, pero es un lastre para la vida y las sociedades. “La nostalgia te hace ver menos peligrosas algunas situaciones peligrosas”, le dijo a Ernest Alós en las páginas de este diario. Parecía advertir algo que hoy confirmamos: que idealizar el pasado pare tiranos. Por eso, no se refugien ahí, no sean cobardes. Hagan caso a Camilleri, invéntense una esperanza y eviten, por precaución, los tonos sepia y pastel.