28 feb 2020

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David Gistau.

ONDA CERO

Ser y estar

Cristina Pardo

Este gremio no anda sobrado de talento y honestidad. Y personas como David Gistau contribuían a sostener el poco prestigio que nos queda

Gistau y yo nos conocíamos, pero no éramos amigos. Sin embargo, en uno de mis peores días laborales, se comportó como si lo fuera. Él no lo supo nunca, pero aquel día me hizo llorar de emoción y gratitud. Conocí a David en una de las primeras campañas electorales que cubrí siguiendo a Mariano Rajoy. Creo recordar que su periódico le mandó la primera semana de mítines con el PP y la segunda, con el PSOE. Notamos mucho su ausencia en aquella recta final. Al menos, yo. Gistau me parecía una persona acogedora. Era un jugón. Se apuntaba a todo. Su risa se escuchaba y no hay sonido más agradable que el de la carcajada. Era un columnista brillante y muy completo. Tenía una mentalidad abierta, se le salía la inteligencia por todas partes y poseía un humor y una ironía que yo hubiera querido para mí. Era un periodista decente, independiente, íntegro. Y valiente. Recuerdo la época en la que los periodistas sufríamos el desmesurado poder de la entonces vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría. Gistau fue uno de los primeros que se atrevió a denunciarlo en sus columnas. Aquel día le admiré todavía más, si cabe. Porque David escribía para que se le entendiera. No era redicho. Era culto, pero apto para todos los públicos. Cuántas veces le leí y deseé ser capaz de expresarme como lo hacía él.

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Ahora hacía tiempo que no le veía. Era más fácil cuando estaba en Onda Cero y coincidíamos en la cafetería o en los pasillos. Por eso, nunca olvidaré lo que Gistau hizo en diciembre del 2018. Yo había protagonizado un domingo un traspiés profesional. El rapapolvo público no fue lo peor. Yo me estaba castigando mucho más. Recibí muchos mensajes de amigos y compañeros a los que quizá esperaba. Y es posible que esperara a algunos que al final no llegaron. Pero no contaba con Gistau, a quien yo respetaba muchísimo. Y ahí apareció, en mi teléfono, con una recomendación para que no me volviera a pasar y palabras de ánimo preciosas. Él dedicó unos segundos a enviar aquel mensaje y yo lo agradecí tanto, tanto... Aún hoy lo hago. Y siempre lo llevaré conmigo. Porque no éramos amigos, pero aquel día le sentí como tal. Me apetecía contarlo, porque no fue un gesto menor en una profesión a menudo invadida por la vanidad y el sálvese quien pueda. Él me llamaba 'Pardovsky' y yo tuve la gran suerte de conocerle, aunque solo compartiéramos charlas de mitin y pasilloLo siento mucho por su familia, por su entorno más cercano. Y lo siento mucho por el resto, por todos nosotros, los conocidos, los lectores, los oyentes. Este gremio no anda sobrado de talento y honestidad. Y personas como Gistau contribuían a sostener el poco prestigio que nos queda. Qué bueno que viniste. Adiós, David.