20 feb 2020

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EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

¿Comparado con qué?

LEONARD BEARD

¿Comparado con qué?

Juan Carlos Ortega

Todos damos por supuesto que el universo es un lugar enorme. Lo decimos siempre que sale en nuestras conversaciones algún tema cosmológico. Hablamos de la grandiosidad cósmica cuando miramos las estrellas o, simplemente, cada vez que nos da por especular en torno a la existencia de vida extraterrestre.

Pero, si lo pensamos bien, hablar del tamaño de algo que es único no tiene el menor sentido. Y el universo, por definición, es único. Las cosas son grandes o pequeñas en comparación con otras que podemos considerar equivalentes. Se podría objetar que el cosmos es grande en comparación con nosotros, pero no estamos hablando de eso. Nos referimos al tamaño del universo en sí mismo. Y, en ese sentido, está claro que no es ni grande ni pequeño, ni tan siquiera es mediano. Tiene el tamaño que tiene y punto, puesto que no podemos compararlo, al menos por ahora, con otros universos de tamaño distinto.

Les cuento todo esto porque caemos muchas veces en un error equivalente cuando pensamos en otros asuntos menos mareantes. La humanidad, decimos, es egoísta y perversa. O todo lo contrario: es maravillosa y capaz de lo mejor. En este caso, como en el del universo, hablar de cualidades de algo que no admite comparaciones es inútil. No hay otras humanidades con las que comparar la humanidad para decidir que esta, la nuestra, es egoísta o generosa. Tenemos el carácter que tenemos, como el universo tiene el tamaño que tiene.

Esta noche
salga usted 
al balcón, mire
el cielo
estrellado,
y dígase: «El 
universo no 
tiene tamaño»

O pensemos en la vida. La vida es preciosa, dicen algunos, o un espanto insufrible, dicen otros. Muy bien, pero, ¿comparada con qué? ¿Acaso conocemos algo distinto a la vida con la que poder compararla? Podría alguien decir que sí, que tenemos la muerte, pero la negación de algo (y la muerte es la negación de la vida) no es un elemento que podamos utilizar en las comparaciones. Si esto fuera así, podríamos decir que la humanidad es maravillosa en comparación con la no-humanidad, lo cual sería, obviamente, un disparate sin sentido.

El universo no es ni grande ni pequeño. La vida no es ni fea ni bonita. La humanidad no es ni buena ni mala. Hasta que no encontremos universos paralelos con los que comparar el tamaño del nuestro, hasta que no nos visiten humanoides de otros mundos con los que confrontar nuestras cualidades, o hasta que algún místico no confirme la existencia de otra vida celestial para saber si es mejor o peor que la que aquí tenemos, estas tres bonitas cosas: el universo, la vida y la humanidad, no podrán ser definidas del todo.

Esta noche, salga usted al balcón y mire el cielo estrellado. Y dígase a sí mismo: «El universo no tiene tamaño, pertenezco a una especie que no es nada y no sé que diablos decir de la vida». Pero no se quedé ahí. A continuación diga en voz alta: «Pero qué bien que existan estas cosas y que, de momento, sean únicas».

Disculpen mi trascendencia.