19 feb 2020

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Estatuillas de los Oscar de Hollywood.

Ahorrémonos las ceremonias

Ramón de España

¿No podrían prescindir de esas muestras de autobombo, cursilería y conciencia social que son las galas del cine?

De la misma manera que los Gaudí son la antesala de los Goya, los Goya preceden a los Oscar. Puede que nuestros galardones sean una parodia involuntaria de los de Hollywood, que parezcan unos Oscar de segunda división, pero es que los Oscar, reconozcámoslo, ya son de tercera división. Hay algo envenenado en esas fiestas que la industria del cine se dedica a sí misma, y las diferencias entre la norteamericana y la catalana y la española son puramente cosméticas. Sí, en Hollywood los famosos lo son a nivel global, los vestidos de las actrices son más caros (aunque no necesariamente más bonitos ni de mejor gusto: basta con que todas vayan medio desnudas como peculiar forma de empoderamiento), el presupuesto es más holgado y la difusión del evento más amplia. Pero en el fondo todas son iguales: un paripé para privilegiados en el que los más concienciados pueden aprovechar para pedir la independencia de Catalunya, para reírse de Vox o para hacer chistes inofensivos a costa de Donald Trump (todos aquellos que amenazaron con abandonar los Estados Unidos ante el triunfo del energúmeno siguen en sus mansiones de Beverly Hills, que yo sepa).

Los Oscar empezaron de manera modesta a finales de los años 20 en un salón del bonito hotel Roosevelt de Los Ángeles (un lugar magnífico, por cierto, cuyo interior de la piscina está diseñado por David Hockney). La ceremonia no se diferenciaba mucho de una reunión de aficionados a la filatelia. Un grupo de profesionales celebraba lo bien que se estaba ganando la vida con lo de la imagen en movimiento. Luego llegó el gigantismo y el espectáculo global. Y en toda Europa -culo veo, culo quiero- nos dio por reproducir los fastos de Hollywood, con mayor o menor fortuna. En España, tanto los Goya como los Gaudí se quedan en un bienintencionado quiero y no puedo. Algo parecido ocurre con los Cesar del cine francés -aunque en Francia, por lo menos, el cine y la cultura en general son cuestiones de estado- y los BAFTA del británico (aunque el cine inglés se haya convertido en un apósito del estadounidense y todo el que puede se fuga a Los Ángeles). Y el original es un latazo que no tiene nada que envidiar a sus imitadores.

Bien está que se den premios, pero… ¿No podrían ahorrarnos esas muestras de autobombo, cursilería y conciencia social que son las ceremonias?