24 sep 2020

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La clave

La vicepresidenta primera, Carmen Calvo, junto al vicepresidente segundo, Pablo Iglesias

JOSÉ LUIS ROCA

¿Un Estado militante?

Albert Sáez

Dicen los que entienden del tema -los constitucionalistas- que España no es una democracia militante. Quiere ello decir que la Constitución no exige a las fuerzas políticas que defiendan unos determinados postulados para acogerlos en su seno. Parece una buena noticia. De ello se han beneficiado muchas fuerzas políticas, desde Fuerza Nueva hasta Vox pasando por todas las que han defendido en uno u otro momento las dictaduras del proletariado. También se benefician quienes pretenden tener una visión territorial distinta de la dibujada en la Carta Magna. Hasta ahí todo bien. Pero, estos días, escuchando y leyendo las reacciones a la investidura de Pedro Sánchez y al cruce de autos y resoluciones entre el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Tribunal Supremo y la Junta Electoral Central me ha parecido que lo que algunos sí que defienden es que España sea un Estado militante. Es decir, que para participar en el poder del Estado sea necesario compartir determinados valores, no todos recogidos estrictamente en la Constitución, sino en el consenso que se generó a su alrededor y en los usos y costumbres de estos primeros 40 años de su aplicación. Desde el PP se ha apelado estos días a la responsabilidad del PSOE como "partido de Gobierno" para pedirle que cortara el paso a Podemos en su ascenso a los salones del poder. En otros momentos se habla directamente del "sentido de Estado" o de "las políticas de Estado". Creo que quienes se refieren, despectivamente, al régimen del 78 o al deep state intentan reflejar lo mismo.

Una democracia consolidada no puede permitirse la sospecha de que el Estado funciona de manera autónoma. Más allá del oportunismo y de la ideología, ahí hay una quiebra de una confianza básica. Los servidores del Estado deben estar al margen de los partidos y de los partidismos, pero no pueden estarlo de los votos y de los votantes, aunque no sean su única guía. En el Estado deberían poder participar personas que lo entendieran de manera diversa, no solo políticamente o territorialmente, simplemente que pudieran imaginarlo diferente.