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análisis

Una imagen del Atlético-Barça disputado en el Rey Abdullah.

Una Supercopa de purpurina

Antonio Bigatá

El Barça-Atlético fue una semifinal cagante, si la ganas pones cara de que tienen cierto mérito, y si la pierdes reconoces que no vale nada y la olvidas.

Los partidos del Barça contra el Atlético de Simeone suelen ser buenos, disputados y entretenidos. Volvió a pasar. En ellos a veces gana el peor. Volvió a pasar. Pero no le vamos a quitar encanto a esa buena noche de fútbol por el hecho de que esta vez los dos equipos se encontraron cara a cara en una competíción cagante. ¿Qué son esas competiciones? Son aquellas que si las ganas pones cara de que tienen cierto mérito, y que si las pierdes reconoces que no valen nada y las olvidas. 

El partido futbolísticamente hablando valió más que la competición cagante, que era la devaluada Supercopa de España (algo similar a la Justicia de España o a la Derecha de España). En esta ocasión la pobre Supercopa iba repintada con chillona purpurina. Se trataba de que hiciese juego con los riquísimos anfitriones árabes, que se compraron el capricho de llevársela a casa para poderla ver tranquilamente en butacones, con zapatillas y albornoz, y de paso demostrarle otra vez al mundo que son muy poderosos.

Manos sucias

Como allí les sale petróleo tienen todo lo que se puede comprar. Nuestro único consuelo de pobres es que afortunadamente no pueden comprar lo que más quisieran. Nunca serán considerados un país serio, nunca les creeremos con  las manos limpias de injusticia social y sangre, y nunca conseguirán pequeños aderezos que codician inútilmente (Messi, por ejemplo, mientras  tenga dignidad no está en venta para ellos). Podemos decir estas cosas libremente porque estamos aquí; los periodistas que lo dicen demasiado cerca de sus príncipes se llaman Kashogui).

 Si tenemos en cuenta que no le obligaba ningún sorteo internacional no sabemos muy bien que hacía el Barça jugando en un país así aunque la clave es sencilla: la federación española quería dinero y allí hay dinero, y de paso digamos que el Barça, el Madrid y el Valencia a veces también quieren dinero por encima de todas las cosas. Muchas veces querer es el camino de conseguir, aunque no siempre. Esa misma federación española dice que quiere acabar con los insultos y los cánticos indecentes en los estadios españoles y no lo consigue. O solo lo consigue si es en el campo del pobrecito Rayo Vallecano. No se crean que solo los reyezuelos de los países árabes son tipos que no valen nada: Rubiales, el presidente de la federación española, se les parece.

 Arabia y su ambiente lujoso nos proporcionaron algunas lecciones poco exóticas que ya vamos aprendiendo aquí poco a poco. El Barça puede jugar bastante bien y perder. Messi puede tener una actuación estelar sin conseguir decidir un encuentro por mucho que se lo proponga.

Piqué, Busquets, Sergi Roberto

El declive barcelonista es una interesante pendiente suave en la que a veces Piqué está genial pero acaba facilitando la derrota al dejar de gobernar su área, a veces Busquets exhibe su calidad a raudales dejando claro que preside un centro del campo que necesita que se le sustituya ya con más frecuencia, a veces Suárez atraviesa una racha divina pero sus compañeros no le ayudan lo suficiente a redondearla, a veces Sergi Roberto confirma que es mejor promesa que lateral derecho decisivo...

Junto a todo lo anterior , y quizá por estar en el país de Alí Babá, la televisión nos enseñó con claridad meridiana que a los irregulares árbitros españoles no los mejora ni el mismísimo VAR. Creo que por cobardía el españolito de turno llegó a equivocarse una vez a favor del Barça, pero ni así compensó lo de ir correteando todo el encuentro dando la sensación de que esta primera Supercopa árabe ni siquiera tiene que ganarla el Atlético porque hay otro equipo en Madrid que acabará mereciéndola más. Pero parecía claro que para él lo lo mejor era que el Barça no se clasificase para la final. No lo sé, igual vemos fantasmas, pero son fantasmas con pito y con determinación.