26 feb 2020

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No caer en el mismo error

A la izquierda, los negociadores de ERC: Marta Vilalta, Gabriel Rufián y Josep Maria Jové. Frente a ellos, los del PSOE: José Luis Ábalos, Adriana Lastra y Salvador Illa.

Ya no quedan conejos en la chistera posconvergente

Joan Tardà

ERC haría bien en desembarazarse de cualquier rémora de complejo hacia el nacionalismo

Durante la tramitación del Estatut, la maquiavélica táctica de Alfredo Pérez Rubalcaba consistió en negociar con ERC, entonces fuerza política colaboradora de la izquierda española e integrada en el Govern de Catalunya, y en paralelo con CiU, instalada en la oposición, dejando que los acuerdos PSOE-ERC alcanzados en cada sesión de diálogo quedaran obsoletos al cabo de pocas horas gracias a la complicidad de CiU, que acto seguido doblaba la apuesta. "Preu per preu, sabates grosses", tal como me dijo un diputado convergente entonces. O, dicho de otro modo, ir hinchando el globo hasta que explotase.

A Rubalcaba le daba lo mismo que hubieran sido los republicanos quienes habían dado el voto favorable a la investidura de Rodríguez Zapatero para enterrar el aznarismo y que los nacionalistas catalanes hubiesen preferido ponerse de perfil. De hecho, el dirigente socialista esperó a tener el pacto del Estatut cerrado con Artur Mas para comunicarlo a Joan Puigcercós. Ni siquiera fue capaz de mantener una mínima dosis de honestidad y de agradecimiento hacia los republicanos. ¡Ninguna! Al otro lado, a los convergentes, poseedores entonces de la hegemonía de la marca de la catalanidad, no les resultó difícil conseguir ser percibidos como los más dotados de capacidad de resolución.

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A raíz de la investidura de Pedro Sánchez, uno no ha podido dejar de revivir ese momento en la medida en que, de nuevo, es la izquierda nacional republicana la que ha dado el paso adelante para enterrar los riesgos letales para el país y para las clases populares de una nueva convocatoria electoral y posibilitar al mismo tiempo un escenario de oportunidad para un proceso de diálogo y negociación que pueda conllevar una solución al conflicto Catalunya-España basada en el principio democrático. En aquel momento se trataba de hacer posible un nuevo Estatut que el 'president' Pujol siempre había negado a Carod-Rovira (después se ha sabido el porqué) con la cantinela del "això no toca, això no toca". Ahora, de lo que se trata
es de ejercer el derecho a la autodeterminación.

Sin duda, atendiendo a la actual degradación de la democracia en el Estado español, no se puede negar que los cultivadores del escepticismo tienen el campo abonado. Negar las enormes dificultades que se vislumbran sería tan absurdo como estériles han sido las soflamas con las que se ha pretendido poner cerco por parte del mundo posconvergente a las tesis defendidas por Oriol Junqueras. Trabajo inútil, sí, porque ni los republicanos han vuelto a caer en el mismo error de 2005, al postular, ahora y desde el primer día, que la mesa de diálogo debe ser presidida por el 'president' Torra, ni la dirección del PSOE tiene ningún tipo de duda sobre la credibilidad de las palabras de Gabriel Rufián pronunciadas desde el atril del Congreso, vinculando avances en la negociación a mantenimiento de la legislatura.

Tampoco los nacionalistas catalanes podrán repetir la jugada maestra de entonces, al no disfrutar ya de la exclusiva en la redacción del relato nacional, lo que no quita que, procediendo como proceden de la hegemonía, aún se hayan podido permitir expedir certificados de pureza independentista a la vez que entregaban la Diputación de Barcelona al PSC.

Pero la buena noticia es que se sentarán en la mesa de negociación y, aunque harán lo imposible para que la ciudadanía olvide quién ha asumido la tarea de hacerla posible y pretenderán convertir los resultados en réditos electorales, los tiempos no solo están cambiando, como cantaba aquel, sino que la nueva fase ya se ha concretado electoralmente con dos victorias republicanas en las dos últimas elecciones a Cortes.

Han sido inútiles las soflamas con las que han querido poner cerco a las tesis defendidas por Oriol Junqueras 

La sociedad catalana ha de encarar la construcción de una solución, cuyo camino estará lleno de dificultades en forma de represión e intolerancia. Tantos escollos como inmovilista y nacionalista es buena parte de la sociedad española, anquilosada y clasista la casta que controla el aparato estatal y crecientes las contradicciones que se evidenciarán en los órganos constitucionales. Habría que esperar, pues, que en los próximos meses, más allá de la legítima competencia política, JxCat no convierta la mirada de reojo a la mesa donde estaban sentados Rufián, Jové y Vilalta en envidia o rencor ni caer en los juegos de manos políticos a modo de un 'remake' sobre el conejo de Rubalcaba saliendo de la chistera de Artur Mas.

Y ERC haría bien también de terminar de desembarazarse de cualquier rémora de complejo hacia el nacionalismo. Que todo ha cambiado tanto -y tan de prisa- como para haber provocado con la abstención que miles de catalanes hayan intuido que en las próximas elecciones al Parlament les tocará votar por primera vez republicanismo.