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Dinero difícil

El excomisario José Manuel Villarejo.

Corruptores

Albert Sáez

Quizás hay que dejar de tratar la corrupción como un problema moral o legal y empezar a tratarla como un problema también económico

El Madrid de la beautiful people anda estos días conmocionado por las revelaciones del excomisario José Manuel Villarejo que va soltando a través de ciertos medios de información, unos más solventes que otros, un arsenal de grabaciones que, de momento, han puesto en un brete a directivos de la antigua cúpula del BBVA, en tiempos de Francisco González, y del consejo de Iberdrola. Los audios de Villarejo hay que cogerlos con pinzas porque forman parte de su estrategia de defensa en la que, con la legislación española en la mano, puede mentir tanto como pueda para exculparse. Y el sonido digitalizado es tanto o más manipulable que las imágenes o los textos. Villarejo quiere, entre otras cosas, generar el pánico entre sus antiguos clientes de manera que piensen que están todos grabados y le auxilien en su periplo judicial. El resultado es que la gente de a pie tiene la sensación que una parte sustancial de los negocios que se han hecho en las última décadas se han valido del espionaje y de la extorsión en lo que sería una grave violación de las leyes del mercado además de los delitos que llevan asociados estas prácticas. No es la primera vez que aflora esta sensación. En los años 90, a raíz del caso Ibercorp y de las andanzas de Mario Conde, el Madrid de la beautiful people ya aireó sus grabaciones más íntimas que llegaron a afectar al anterior monarca. 

Dando por buenas las filtraciones de Villarejo, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha pedido esta semana que las empresas extremen los controles para impedir casos de corrupción. Como hacen habitualmente los partidos políticos, la CNMV habla en el fondo de algunas "manzanas podridas" que el conjunto del sistema debe ayudar a combatir. Las multas con las que sus homólogos en la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) han sancionado en diversas ocasiones algunas prácticas de cártel en la distribución de contratos de obra pública demostrarían que más que de manzanas se podía hablar directamente de "árboles podridos".

La corrupción, hay que aceptarlo, forma parte de la condición humana y no es patrimonio ni de unas siglas políticas ni de empresarios o trabajadores. En los países de matriz católica, por muy ateos que sean hoy, impera el paradigma del "perdón" mientras que en los de tradición protestante impera el de la prevención. Ninguna de las dos fórmulas garantiza la corrupción cero y en las sociedades más estrictas se han producido tantos casos o más que en las más laxas. Quizás la solución podría surgir si dejamos de tratar la corrupción solo como un problema moral o legal y pasamos a tratarla también como un problema económico. La corrupción encarece los productos y los servicios al tiempo que los empeora. La mordida implica un sobreprecio o una pérdida de calidad. Incluso es posible calcular el peso de la corrupción en el PIB. Y la corrupción se mueve como pez en el agua en la economía sumergida. La CNMV, la CNMC o los empresarios harían bien en denunciar a los corruptores y a las estructuras de corrupción, porque hay algo más que manzanas.