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ANÁLISIS

Valverde, en el banquillo de Butarque durante el Leganés-Barça.

AFP / IRINA R. H.

Miseria y compañía

Jordi Puntí

Tres puntos son tres puntos son tres puntos, pero ahora no vamos a discutir ni a defender el resultado del Barça en el campo del Leganés. Como si alguien nos hubiera hipnotizado, dentro de unos días despertaremos y no recordaremos nada de ese partido. Ni siquiera la victoria por 1-2, porque en casa no somos de la secta del resultadismo y preferimos recordar el buen juego.

La realidad es que, durante el fin de semana, una docena de equipos de las categorías inferiores del FC Barcelona jugaron sus partidos de Liga, y esos alevines, infantiles, cadetes, juveniles, etcétera, lo hicieron de acuerdo a un estilo que les enseñan sus entrenadores, donde cada uno aprende lo que hay que hacer con el balón.

Lo del doble pivote no relucía en el Barça desde que Bobby Robson hizo jugar a Popescu junto a Guardiola

Es un estilo que exige un compromiso, casi una fe, y que además ven  mejorado cuando lo practican sus ídolos del primer equipo..., pero no, resulta que esta vez Valverde decidió que el equipo salía ante el Leganés con un esquema distinto. Usó el 4-2-3-1.

Lo del doble pivote no relucía en el Barça desde que Bobby Robson hizo jugar a Popescu junto a Guardiola, en el más puro estilo poli bueno, poli malo. El sábado, Busquets y De Jong se pasaron medio partido con un parche en el ojo, sin perspectiva horizontal, y además las decisiones de Valverde consiguieron algo que parece imposible: que el juego de Messi fuera intranscendente.

El argentino bajaba a recibir y a combinar como tercer centrocampista, pero lejos del área su tarea de enganche era improductiva incluso para el 10. Hace unas temporadas con Luis Enrique aprendimos que, hoy en día, cuando los rivales echan el cerrojo frente a su portería, está bien que el entrenador sea versátil con sus sistema de juego y proponga alternativas (pero sin perder la personalidad).

Con Valverde, en cambio, la personalidad ya no existe y cada vez más da la impresión que se ha convertido en un profesor Franz de Copenhague que ensaya experimentos en directo. El sábado, la vuelta momentánea al 4-3-3 se produjo sin Busquets y con la entrada de Rakitic Arturo Vidal. El chileno parece haberse ganado el papel del Señor Lobo en Pulp Fiction y salta al campo con una misión: "Yo soluciono problemas".

No se juega a casi nada 

 Eso fue precisamente lo que consiguió con su gol, solucionar un problema, pero también enmascaró otro: no se juega a casi nada. Los datos nos dicen que seis de los siete últimos goles del Barça se han conseguido a balón parado, en gran parte gracias al acierto de Messi -siempre Messi-, y no se me ocurre mejor manera de definir esta agonía: el Barça actual es el equipo del balón parado. Quieto. Estático. Poco a poco vamos olvidando esa época en la que los saques de esquina eran sobre todo una oportunidad de realizar jugada.

En la rueda de prensa posterior, le preguntaron a Valverde si había notado una mejoría en el equipo, y respondió: "Íbamos perdiendo y hemos ganado. ¿Te parece poco?". Parecía un político el día después de las elecciones. La victoria sin brillo diluye una vez más el diagnóstico grave e insoslayable, pero el miércoles viene el Borussia Dortmund con toda su caballería y los meteorólogos pronostican una noche fría, muy fría.