Pequeño observatorio

Los diminutivos

No soy partidario de los diminutivos y a veces me traiciona un humor inoportuno que juega con las palabras

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Unos padres llevan a sus niños al colegio.

Unos padres llevan a sus niños al colegio. / RAMON GABRIEL

Me he encontrado por la calle a un viejo amigo. Hacía muchos días que no lo veía. Pero no se trataba de explicarnos nuestras vidas. Me ha dado a conocer lo más importante. Su hijo ha ganado una plaza. Le interesaba mucho, porque el trabajo, hoy, no es muy seguro. Pero el hijo tendría la plaza hasta la jubilación. Su trabajo será para siempre y tener una plaza fija le aseguraba la vida.

Le felicité, claro. Y como soy educado me he abstenido de preguntar: ¿una plaza o una placita? A veces me traiciona un humor inoportuno que juega con las palabras. Ahora le ha tocado a la palabra 'plaza'. Es una palabra que tiene muchas y diversas aplicaciones.

En la lengua catalana hay diminutivos muy arraigados: 'caminet', 'caseta', 'sorollet', 'capseta', 'homenet', 'placeta'... Las plazas pueden ser importantes. Hay plazas que no piden diminutivos. Joan, el hijo de mi amigo, ha sacado una plaza del concurso de oposiciones a maestros. Una plaza puede ser una delicia mientras que conseguir una plaza en una empresa prestigiosa exige una preparación importante.

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En el mundo de los negocios los hechos son diferentes. No existen las placitas. Cuando yo caminaba por tierras diversas y llegaba a un pueblo, más de una vez me encontré con una plazoleta en la que descansé. Me rodeaba el silencio. Nadie me propuso hacer ningún negocio.

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Y aprovecharé para decirlo: yo no soy partidario de los diminutivos. Lo digo, claro, con todo el respeto y con afecto: ¿cómo nos identificamos? Quimet es Joaquim, Pepa es Josefa, Francesc es Paco o Quico. Quico y Quica. Naturalmente Paco no tiene ningún hijo que se llame Paquet.

Durante un tiempo, mi editora me llamaba Espi. Qué razón tenía y tiene, y nariz para valorar un libro. Yo, nariz, tengo más bien poca, y nunca me podrá decir que soy un narizotas.