PEQUEÑO OBSERVATORIO

Mirando por la última ventana

Una pipa es una especie de flauta que suena para mí cada día, hasta que se canse

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Dos mujeres leen en el balcón de su casa, en Gran de Gràcia.

Dos mujeres leen en el balcón de su casa, en Gran de Gràcia. / Adriana Domínguez

Yo acostumbro a ser un buen amigo de las ventanas. No tanto, en cambio, de los grandes ventanales que se dan importancia y tienen vocación monumental. Porque hay ventanas que son ventanales, y balcones que son balconadas. Que son balcones, pero los de las casas de los señores.

¡Qué gran invento el de la ventana! Aunque, ciertamente, no resulta fácil la vida de una ventana. La pobre ventana ha de vivir en una pared. Y siempre tiene que estar a punto de abrir, aunque tenga sueño o pereza. La manda un dictador, y está a sus órdenes.

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La mía se ha rebelado. Yo quiero ver qué tiempo hace, pero ella quiere seguir cerrada. Lo entiendo: la noche pasada hubo mucho jaleo en aquel piso. La gente entraba y salía al balcón a cada momento. Que si hacía calor, que si ahora no hacía. Que si salían a tomar un poco el fresco, que si cerraban para que no saliese demasiado ruido, que si abrían para ventilar. Y aquella ventana se abría y se cerraba...

Ya me he ido acostumbrando: muy a menudo, las ventanas y los balcones no son de nadie. O quizá solo de aquellos que los abren y los cierran.

Cuando era un chico, quizá aún un niño, solía ir a casa del abuelo Masip. Cuando había una fiesta en la calle, en el paseo de Gràcia, me dejaba salir al balcón de su casa. Pero el abuelo me vigilaba, no fuera que me subiese a la reja del balcón.

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Ahora no me atrevería a trepar. Ni allí ni a ningún otro sitio. Ahora soy un viejo que mira por la ventana y ve cómo el humo de la pipa sigue ascendiendo. Una pipa es una especie de flauta que suena para mí cada día.

Y el día que se canse no la podré reñir.