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el cierre

Messi, durante el partido ante el Slavia de Praga en el Camp Nou.

ENRIC FONTCUBERTA (EFE)

¿Por qué no lo habláis?

Antoni Daimiel

Hay un trasfondo, un sustrato. Lugares comunes, túneles que comunican tanta y tan variada virtud con esos estruendosos desmayos. El saber estar, la lectura del partido y la velocidad para procesar información a la velocidad a la que se juega hoy al fútbol de Piqué han quedado a veces reducidos, justo al mismo tiempo que Busquets se chocaba con sus propias excepciones, girando el cuello a un lado y a otro, sin ser capaz de anticipar como de costumbre. Apagones sincronizados que también llevaron a Messi a poner esos gestos de incredulidad, esa tan expresiva frustración, porque a la vez que desconectaban Piqué Busquets a él se le iba la señal de su GPS. Momentos que no correspondieron a ningún sabotaje, ni a una planificación errónea o una patología de grupo arrastrada.

Pasó en París, en 2017, con el 4-0 frente a Di María y Cavani. Da igual que luego el Barcelona de Luis Enrique remontara en el Camp Nou con el recordado 6-1, pasó igual, pasó primero. Se repitió en la noche de Manolas en Roma, con el 3-0. Y un año después sopló el mismo viento en Anfield, el día del 4-0. Lo de los tres goles encajados en siete minutos en el Ciutat de València contra el Levante seguro que tiene aminoácidos comunes. Por ahí hablan de bloqueo, de brazos abajo, de entorno disoluto, de vicios que hacen prisioneros. Pero en realidad a mí todo esto me invoca recuerdos de la asignatura de Filosofía en segundo de bachillerato. Un profesor llamado Honorino Honrado le dedicó más de dos semanas a los determinismos. En los apuntes sobre el determinismo social apunté que toda lista de valores y todo código de conducta aparece, se desarrolla y, eventualmente desaparece junto con la sociedad en la que se da.

Cráteres competitivos

A lo largo de los años un núcleo principal de un equipo de fútbol se ve condicionado por multitud de variables, de ahí lo incierto de los resultados. La naturaleza y el universo del fútbol de élite no siguen un modelo previsible. Es muy difícil desde fuera conocer la clave o las claves que expliquen como un grupo de jugadores como el del Barcelona de estos dos o tres últimos años pueda caer en esos cráteres competitivos. Desde dentro tampoco debe ser sencillo, porque hay muchas víctimas involucradas que deberían haber puesto solución. Quizá siempre se parta de un mismo origen, de un efecto mariposa (el leve aletear de una mariposa puede provocar una tempestad a miles de kilómetros de distancia). Pero ¿por qué siempre se repiten las mismas variables que no dejan a la mariposa como un mero lepidóptero contemplativo?

¿Qué es lo que tenemos claro? Que las mismas personas, con las mismas experiencias vitales y con todas las capacidades para evitarlo, no logran reaccionar en positivo, ni por su cuenta ni por separado. Que Valverde no es capaz de prevenirlo ni de solucionarlo una vez desatado. El error reiterado no ha provocado un estímulo en la urgencia de la solución. Y seguramente, los mismos errores merecen nuevas actitudes. "Tenemos que hablar". Por ahí comienzan muchas depuraciones.