Derecho a trabajar en paz

Amar un país es cuidar su economía

Las protestas en la calle no han impactado de forma significativa en el mercado inversor internacional

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Amar un país es cuidar su economía

LEONARD BEARD

En tanto que en octubre del 2017 los profesionales que nos dedicamos a atraer inversiones a Catalunya vivimos un auténtico calvario para desarrollar nuestra actividad, los inversores internacionales han reaccionado con absoluta indiferencia ante los problemas de orden público que hemos vivido estas últimas semanas, a raíz de la sentencia del Tribunal Supremo.

Los hechos de octubre del 2017 fueron interpretados por algunos grupos internacionales como una situación de inseguridad jurídica, algo absolutamente inadmisible para el mercado de inversión. Las operaciones de inversión se congelaron durante unos meses y se reanudaron con hambre atrasada una vez se comprobó que nuestra economía se mantenía fuerte y afortunadamente ajena al devenir de la vida política. Tanto es así que en el año 2018 se registró un récord en el volumen de operaciones de inversión inmobiliaria no residencial, teniendo en cuenta la serie histórica de los últimos 12 años.

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La situación actual no es una crisis institucional como lo fue en el 2017, sino una crisis en forma de protestas en la calle, que cuentan con un apoyo social considerable cuando son de carácter pacífico, y absolutamente minoritarias cuando son de naturaleza violenta.

Aunque la situación en las calles todavía no está plenamente normalizada, ya que las protestas continúan a través de acciones puntuales, es evidente que la intensidad de la violencia ha disminuido drásticamente y no está impactando de manera significativa en el devenir de nuestras empresas. Para el mercado inversor internacional las protestas violentas solo serían consideradas como relevantes si se cronificasen e impidieran desarrollar la actividad empresarial y económica con normalidad.

Asistimos, pues, a la absoluta impasibilidad por parte de los inversores internacionales, cada vez más acostumbrados a situaciones de protestas en diferentes puntos del planeta, conscientes de que la reclamación ciudadana será habitual y estará cada vez mejor articulada, debido a los avances tecnológicos y de la coordinación de los manifestantes a través de las redes sociales.

A pesar de que los inversores internacionales siguen cerrando operaciones en Catalunya con absoluta normalidad, y nos dirigimos hacia otro año récord en volumen de inversión, no faltan las advertencias catastrofistas por parte de determinadas entidades y de algunos medios de comunicación, que se aprestan a construir un relato de múltiples peligros sobre la economía catalana y de terror en las calles de Barcelona.

Ya lo vivimos en el 2017 cuando algunas empresas decidieron trasladar sus sedes sociales y fiscales fuera de Catalunya. Aunque es un hecho demostrable por los que tenemos controlado el parque de oficinas y naves industriales que no se han producido desplazamientos físicos y que, por tanto, los puestos de trabajo y la actividad económica permanecen en Catalunya, aún hay quien continúa ignorando los datos y blandiendo el espantajo del desierto económico cuando, de hecho, se están implantando más empresas en Catalunya que en ningún otro momento histórico.

Catastrofismo irresponsable

Es obvio que la situación de incertidumbre política en la que vivimos desde hace años no ayuda a fortalecer nuestra economía, pero el discurso catastrofista reiterado, a veces con indisimulada alegría, sobre la eventual pérdida de oportunidades de la economía catalana, constituye una enorme irresponsabilidad, cuando no directamente una deslealtad.

La crisis que vivimos constituye un gran fracaso colectivo, fruto de una lamentable gestión por parte del mundo político, que debería asumir su responsabilidad y enfocarse en buscar soluciones en lo que respecta a la articulación territorial, la financiación y, por encima de todo, el respeto social y cultural.

El discurso catastrofista reiterado sobre la eventual pérdida de oportunidades de la economía catalana constituye una enorme irresponsabilidad

Pero mientras esto no ocurre -y quizá habrá que esperar a toda una nueva generación de políticos-, es prioritario proteger a la economía catalana de esta desgraciada situación. La economía son las empresas y las empresas son los puestos de trabajo; el nodo donde se generan las oportunidades para que una sociedad avance.

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Amar un país es, sobre todo, tener cuidado de la economía, pues una economía fuerte y bien articulada asegura la prosperidad y la cohesión social.

No dejemos que nadie nos lo estropee, tenemos derecho a trabajar en paz y procurarnos un futuro mejor, que pasa, indefectiblemente, por construir una economía más fuerte, en la que todos deberíamos contribuir activamente.