29 sep 2020

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Análisis

Pablo Casado y Pedro Sánchez, en el debate electoral, el pasado 4 de noviembre. 

JOSÉ LUIS ROCA

Políticos sin horizontes

Xavier Bru de Sala

Pedro Sánchez ocupa el centro del debate, el de las fotografías y el de las especulaciones, pero en vez de mirar hacia adelante se fija solo, a ambos lados, en sus rivales. Del mismo modo, sus rivales le atacan para arañarle votos, si no es que se pelean entre ellos a fin de ensanchar espacios electorales comunes. Todos encerrados en un pequeño ring, circular y estrecho, sin esquinas posicionales bien definidas. Los primeros grandes ausentes de esta campaña son los horizontes. Todos los llamados a las urnas depositamos expectativas de futuro en ellas mientras los candidatos luchan entre sí para sobrevivir al día siguiente y administrarlo sin tener en cuenta a sus electores. De modo que los segundos grandes ausentes de la campaña son los mandatos electorales. En una situación como esta, la respuesta lógica debería consistir en una abstención monumental, de castigo. No será así porque la gente sabe lo que se juega aunque no confíe en los que juegan con todo lo que está en juego.

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Dentro del pequeño ring donde los políticos se pelean y sólo miran hacia fuera de reojo, destacan los movimientos de Pedro Sánchez para mantenerse en el centro. Si con este objetivo se ha de convertir en paladín y abanderado contra el independentismo, el moderado y el otro, que todos van al mismo saco, no hay escrúpulo que lo impida. Es igual que, en consecuencia, el ring entero se desplace hacia la derecha, con la única reticencia de Pablo Iglesias. Lo que importa, escuela Mitterrand, primer y gran impulsor de Le Pen con fines electorales, es que Vox quite votos a Pablo Casado y la primacía del PSOE, sin duda amenazada, se mantenga aunque sea por la mínima.

Ya constataba la encuesta de EL PERIÓDICO que Sánchez resiste, es decir que en pocas semanas ha pasado de la ofensiva a la defensiva, del ataque a diestro y siniestro para obtener más diputados a la guerra de posiciones. A estas alturas, lo único que puede salvar a Sánchez de las consecuencias de su temeridad de convocar nuevos comicios son las alas de Vox que ha contribuido más que nadie a desplegar. El precio, el oscurecimiento, el ennegrecimiento de los horizontes.

Si en toda España el electorado está movilizado, unos a favor, otros en contra de la ausencia de horizontes, en Catalunya, los independentistas se disponen a votar en masa, más que nunca en unas elecciones generales. No motivados por la expectativa de una salida al conflicto sino exactamente por lo contrario, la desesperanza. Mientras España se mueve hacia la derecha, Catalunya se queda como está, contemplando la lucha encarnizada para definir el único espacio político difuminado, que es el casi mayoritario. Guerra de posiciones, sin más 'fair play' que una poco disimulada hipocresía, entre los que quisieran desplazar el centro hacia la radicalidad, no se sabe si por convicción -CUP- o por una extraña mezcla de convicción y conveniencia -JxCat-. Los niveles de resistencia de ERC frente a las acusaciones de ‘botiflerismo’ rampante y los del PSC a pesar del desplazamiento antiautonomista de Pedro Sánchez pueden ser tan significativos como se quiera, pero tampoco definirán una vía de futuro.