Ir a contenido

MIRADOR

Protesta ante la Delegación del Gobierno, en Barcelona.

La peor herencia

Eulàlia Vintró

Existe la costumbre arraigada de menospreciar las leyes y tratar de no cumplirlas sin que se note

En varias ocasiones, y desde hace años, a la pregunta de cuál fue la peor herencia del franquismo, he contestado que la costumbre arraigada y reiterada de menospreciar las leyes y tratar de no cumplirlas sin que se note. Es evidente que eran unas leyes no democráticas, promulgadas por un sistema dictatorial y que no merecían ningún respeto.

Ahora bien, cuando el sistema pasa a ser democrático, las leyes deben respetarse y, si se las considera inapropiadas, se deben realizar los cambios pertinentes siguiendo las pautas que la misma legislación contempla. Desgraciadamente, la costumbre descrita no desapareció y, en cierta medida, ha prevalecido el comportamiento del 'Lazarillo de Tormes' basado en trampas y engaños por encima de la coherencia democrática. Pensamos solo en la prestación de servicios sin IVA o en las declaraciones de renta.

Si tenemos en cuenta esta tradición, el desarrollo del 'procés', especialmente en los últimos meses, no solo no ayuda a respetar la legalidad, sino que defiende la desobediencia -y estimula la confrontación- a todas aquellas instituciones, leyes y personas que contravengan las aspiraciones independentistas.

El resultado es bastante conocido como para repetirlo, pero ni la sentencia del Tribunal Supremo, ni el rechazo internacional por parte de los estados a la vía unilateral seguida por el Govern de la Generalitat ayudan a reflexionar sobre el camino a seguir en el futuro. Hasta ahora, su presidente no deja de decir que volverá a poner las urnas y que no dará ningún paso atrás.

Las legítimas manifestaciones y marchas de protesta han sido pacíficas y muy concurridas, como era previsible. Sin embargo, la acción violenta y destructiva de algunos centenares de manifestantes convocados por diversas plataformas independentistas ha causado cientos de personas heridas, decenas de detenidas y miles de desperfectos graves en mobiliario urbano y negocios privados, por no hablar del miedo ocasionado a miles de vecinos de los lugares afectados.

Las imágenes de las televisiones, de los manifestantes y de los ciudadanos, que la ciudadanía catalana, española y mundial ha visto a lo largo de una semana, no se olvidarán fácilmente, pero el elemento más preocupante, en mi opinión, son las declaraciones de chicos y chicas muy jóvenes, adolescentes, que declaran con convicción que para alcanzar sus objetivos no hay otro camino que la violencia, ya que las otras vías democráticas y pacíficas han fracasado.

En vísperas electorales, cuyos resultados se verán afectados por esta situación, no será fácil que los partidos y sus líderes reflexionen y, después, actúen para evitar que la herencia franquista de la desobediencia se convierta en la herencia 'procesista' de la violencia.

Intuimos que hasta después de las elecciones generales, ya convocadas, y autonómicas, pendientes de convocatoria, no habrá diálogo, ni disminución de la tensión. Ojalá la violencia disminuya y los nuevos escenarios se fijen como un objetivo demostrar con hechos que el diálogo, los acuerdos y las discrepancias dentro de una democracia son mejores que la violencia, y que esta debe ser eliminada.