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Pancartas en el clásico jugado en el Camp Nou el 6 de mayo del 2018.

JOSEP LAGO (AFP)

Las razones de Tebas

Jordi Puntí

Como apuntaba ayer en estas páginas Albert Guasch, resulta inevitable sospechar de Javier Tebas dada su trayectoria. Las medidas que propone para el clásico, al frente de la Liga de Fútbol Profesional, tienen todo el aspecto de obedecer a una agenda política.

Votante confeso de VOX, no dudó en echar una mano al gobierno a la hora de criminalizar las manifestaciones que se viven en Catalunya tras la sentencia del Tribunal Supremo. Sus razones para adulterar el campeonato se resumen en esta frase de su rueda de prensa: “Estoy seguro que ni la Liga, ni ningún club, ni el gobierno de España ni ningún español quiere que se convierta un escenario en un pisoteo de los símbolos nacionales”. Es decir, da por sentado que el Real Madrid representaría un símbolo nacional en territorio de conflicto.

Quizá vale la pena recordar que hace unos meses, en Francia, las protestas de los gilets jaunes llevaron a la suspensión de varios partidos de la Primera División, pero la decisión se tomaba cuatro días antes de jugarse, siempre en función del riesgo que las manifestaciones podían representar para los aficionados —no para el Estado—. Además de contribuir a demonizar la situación en Catalunya, pues, la propuesta de Tebas le da al conflicto un recorrido en el tiempo, diez días más para prolongar un estado de alarma que no ayuda precisamente al diálogo.

El último clásico del Camp Nou, en octubre del 2018. / GABRIEL BOUYS (AFP)

La quinta marcha

Uno empieza a pensar, además, que las razones de Tebas para posponer el clásico son tan políticas como deportivas. Tras la derrota del sábado en el campo del Mallorca, lastrado por una plaga de lesiones y con unos fichajes que no acaban de arrancar, no parece que sea un buen momento para que el Real Madrid visite el Camp Nou y se enfrente a un Barça que empieza a tener las cosas más claras. Llevar el partido al mes de diciembre significa darle al equipo de Zidane unas semanas de margen de mejora, y ni siquiera la participación en el Barça de Dembélé —que por entonces ya habrá cumplido los dos partidos de sanción— no es ahora mismo una ventaja para preferir el aplazamiento.

La realidad es que ante el Eibar dio la impresión que el Barça ponía por fin la quinta marcha en esta Liga. Su inicio fulgurante, eléctrico, con rapidez de primer toque, se fue asentando durante todo el encuentro.

Valverde parece haber encontrado —como mínimo en las estrecheces de un campo pequeño como es el de Ipurúa— un centro del campo que funciona como vasos comunicantes, con Arthur, Busquets y De Jong equilibrándose a partir de las posiciones más o menos adelantadas. También —por fin, por fin— empezaron a surgir las complicidades entre los tres delanteros, y así Griezmann nos recordó a ratos el papel de enganche que ofrecía Iniesta, conectando con Suárez y Messi. Si le añadimos una defensa sólida, con Umtiti que parecía haber jugado todo el año, y un banquillo que ofrece alternativas de calidad, tenemos motivos de confianza. Veremos qué ocurre cuando llegue diciembre y el clásico se juegue a una semana de la Navidad. También la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos.

Temas: Fútbol