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El conflicto catalán

Esperando a Godot

LEONARD BEARD

Esperando a Godot

Josep Oliver Alonso

La oferta del Estado es imprescindible con un nuevo pacto que restañe, aunque sea parcialmente, las heridas de la mutilación del Estatut por el TC en el 2010

Finalmente, la sentencia. A la luz de la instrucción y del proceso judicial, nada que no pudiera esperarse ni que permita avanzar en la solución del contencioso catalán. Desde una parte del Madrid político-mediático quizá haya la tentación de considerar que bien está lo que bien acaba, y que no importa que dos millones de catalanes hayan desconectado de España y residan ya en su república particular, por utópica que esta fuere. Pero quien crea que el tema está zanjado vive en un mundo de ensoñación.

En todo caso, hay respuesta. Tras casi diez años de la malhadada decisión del Constitucional sobre el Estatut, ¿es la que cabría esperar? Ciertamente, no. Por que si la solución es la prisión, se continuará sin escuchar las demandas de una sociedad cansada de maltrato económico y desprecio de sus justas peticiones. Una continuación del 'sostenella y no enmendalla' del PP. En este relevante aspecto, los independentistas tienen razón: se trata de un conflicto eminentemente político que la judicatura no puede resolver.

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Si nos centramos en este ámbito, cuando postulamos que la política debe tomar el relevo a los jueces ¿de qué estamos hablando exactamente? Porque el anhelo por la independencia es solo una parte, pero no es el todo en absoluto: lo que una mayoría de catalanes desearía es un nuevo engarce en España, porque el anterior se ha deshecho a medida que el pacto constitucional se hundía en el recuerdo de la Transición. Puedo comprender que, desde el Estado, no se quiera abrir un diálogo para hablar de independencia. Pero si se trata de redefinir las relaciones Catalunya-España, ¿dónde está la propuesta española? No se si lo perciben, pero el silencio de Madrid resuena hoy más que el clamor independentista.

La cerrazón del Estado

Mal asunto para la futura convivencia. En particular, porque solo se puede avanzar mediante un nuevo pacto que restañe, aunque sea parcialmente, las heridas de la mutilación del Estatut. Y la oferta del Estado es imprescindible, simplemente porque es solo allí donde puede gestarse. Si esta es la única solución posible para la convivencia de los próximos años, ¿qué se esconde tras la cerrazón del Estado en no ofrecerla? Como estoy convencido de la inteligencia política de las élites que guían España, solo se me ocurren dos posibles, aunque descorazonadoras, razones. La primera, los exitosos resultados de las políticas anticatalanas ofrecidas a la ciudadanía española. Hoy, en medio de la desolación de la sentencia, hay que recordarle al PP que organizó una campaña de recogida de firmas contra el Estatut. ¡Dios! De aquellos polvos, estos lodos. La segunda, la motivación económica que se esconde tras la reafirmación sistemática de la nación española, que nadie destaca porque avergonzaría a propios y extraños. Es decir, frente común contra la modificación de un sistema de financiación que perjudica a Catalunya (y a Valencia y las Islas Baleares, porque Madrid es otro cantar) y beneficia a la España subsidiada.

Lastimosamente 'los dineros'
están muy presentes en la no solución
del conflicto

Sumen ambos aspectos y comprenderán porque el Estado ha sido incapaz, o no ha querido, ofrecer una propuesta razonable. Porque esta, inevitablemente, debería pasar por reducir el elevado volumen de recursos que se transfieren desde Catalunya. En el Estatut de Maragall/Castells se ofrecían soluciones más que razonables a aquel nuevo engarce con España. Entre ellas, que Catalunya redujera su excesivo déficit fiscal manteniendo la solidaridad necesaria para que todos los españoles tuvieran acceso a los mismos servicios básicos; al igual que era sensata una modificación del sistema de financiación que impidiera que Catalunya, la tercera CCAA en PIB/habitante, cayera a la décima en renta per cápita. O, finalmente, ¿había algo más prudente que la disposición adicional 3ª, que establecía que durante unos años el Estado invirtiera un volumen equivalente al peso del PIB catalán? ¿Han visto ustedes algunas de estas justas demandas satisfechas? No, ni se las espera. Lastimosamente, 'los dineros' están muy presentes en la no solución del conflicto.

Ese es el drama catalán. Ese es el drama español. En 1952, Samuel Beckett publicó 'Esperando a Godot', una obra del teatro del absurdo, en la que los vagabundos Vladimir y Estragon esperan a un Godot del que nadie sabe si acabará llegando. Nos parecemos a ellos, esperando al Godot de una oferta razonable de Madrid que no parece debamos ver algún día. Si es así, no se extrañen, ni se escandalicen, de la fuerza del movimiento independentista ni de su crecimiento los próximos años. Así será, si así lo desean.