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IDEAS

Robert Pattinson y Willem Dafoe en ’El faro’. 

Miedo al cine de la claridad

Desirée De Fez

Me aterra la posibilidad de hundirnos en el cine de la claridad. Y parece que vamos hacia allí. Corren malos tiempos para la sutileza y el misterio. Y lo más preocupante es que no parece ser exclusivo de las películas comerciales o que desean trascender lo minoritario. No tengo claras las razones. Quizá estamos tan enfadados que necesitamos lanzar el mensaje sin rodeos (aunque no es lo mismo ser claro que obvio). Quizá la urgencia y la vaciedad de los tiempos han empezado a proyectarse en las películas. O igual nos conformamos con poco. Pero lo cierto es que cada vez cuesta más encontrar películas actuales inabarcables en un primer visionado, que encierren algún misterio, que den margen a distintas lecturas (no me refiero a la correcta y a la errónea, eso es otra historia), que no subrayen todo el tiempo las cosas.

Cada vez cuesta más encontrar películas que no subrayen todo el tiempo las mismas cosas

Es evidente que hay excepciones. Estos días, por ejemplo, ha podido verse en el festival de Sitges 'El faro' (2019), lo nuevo de Robert Eggers. Inmensa y desbordante en todos los sentidos, la nueva película del director de 'La bruja' (2015) desactivaría mi tesis. Hay en ella enigmas, representaciones inasibles e invitaciones continuas a enredarse gozosamente en sus imágenes. Hay mil maneras de abordarla. Y es difícil no tener la sensación de que, accedas a ella desde donde accedas, siempre quedarán acertijos abiertos para la próxima ocasión. Pero cada vez cuesta más encontrar películas como 'El faro'.

El gesto más común que detecto en las películas que veo es esa claridad preocupante. Muchas están bien; no hay nada en ellas catastrófico, funcionan en la relación pretensiones-resultados e incluso tienen cosas brillantes. Pero siento que muchas han sido secuestradas por la obviedad, que revelan una transparencia inquietante aunque la disimulen una narrativa juguetona o una caligrafía visual original. Y lo más alarmante es que hemos empezado a acostumbrarnos. Seguimos, por ejemplo, hablando de alegorías y metáforas para referirnos a películas que se explican a sí mismas todo el tiempo. Eso indica por igual que el misterio está en horas bajas y que no parece importarnos mucho.