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MIRADOR

Pedro Sanchez durante el acto de presentaci n del programa electoral del Psoe para las elecciones del 10N

DAVID CASTRO

Catalunya en campaña

Gemma Ubasart

Sánchez entiende el conflicto como un problema de convivencia entre la propia ciudadanía catalana

Pedro Sánchez y su equipo asesor han decidido meter a Catalunya en campaña. Este hecho supone importantes cambios respecto a la cita electoral del 28A. En aquel entonces se focalizó el discurso en el eje ideológico, marcando un fuerte perfil progresista, con un programa en parte coincidente con el de Pablo Iglesias. De la crisis catalana intentaba no hablar, pero cuando lo hacía anteponía la idea de la necesidad de diálogo para ir a un escenario de distensión.

Hoy el presidente en funciones prefiere situar parte de su relato en el eje nacional. "Ahora, España" como lema de campaña. Y además adoptando un tono punitivo que puede facilitar la escalada conflictual. Ha optado por utilizar los "hits" preferidos de la derecha en relación al contencioso: alentar la utilidad del 155 o poner encima la mesa la ley de seguridad nacional. Contradiciendo algunos reconocidos juristas del propio mundo socialista, ha llegado a afirmar que el instrumento de coerción federal podría ser utilizado sin el Senado constituido.

No es ninguna novedad apuntar que Pedro Sánchez, como buen significante vacío que es, se llena según contexto. Lo vemos en la manera de afrontar la llamada crisis catalana. El Pedro Sánchez de la moción de censura hizo una apuesta por la vía Pedralbes. En la declaración firmada entre responsables de los ejecutivos español y catalán se reconocía la existencia de un problema político al que se debía hacer frente con soluciones políticas. Se llegó a concretar mesa de diálogo y la existencia de una figura mediadora/facilitadora.

Post 26-M

El Pedro Sánchez del post 26M, por el contrario, se acerca al contencioso a través del prisma de las teorías de la fractura. Quiere escapar de la correlación de fuerzas progresista y plurinacional de la anterior legislatura. El conflicto lo entiende como un problema de convivencia entre la propia ciudadanía catalana, y como tal tiene que ser solucionada primero en este territorio. Sin entrar a valorar si existe tal problema (lo dejamos para otros artículos), esta aproximaciones cuanto menos reductivista y permite excusar la inacción al gobierno del estado y al propio partido socialista.

La novedosa centralidad que le da a la dimensión nacional/territorial un partido de izquierdas en campaña plantea diversas incógnitas:

1) Históricamente se ha tratado de cuestiones que en España movilizan más al electorado de derechas que de izquierdas, ¿se mantendrá este patrón?, ¿continuará operando una cierta correlación entre progreso y pluralidad-plurinacionalidad en las motivaciones del electorado?

2) Es por todas conocido que los socialistas ganan las elecciones generales cuando obtienen buenos resultados en Catalunya y Andalucía, ¿este nuevo acercamiento poco comprehensivo al contencioso nacional será bien visto por el electorado (real y potencial) del PSC?.

3) Las movilizaciones que previsiblemente se producirán después de la publicación de la sentencia a los presos independentistas, ¿van a poder ser rentabilizadas por quien ostenta el gobierno que, si es el caso, deberá tomar decisiones?

Muchos riesgos para quien convocó unas elecciones generales en un contexto de incertidumbre. Muchos riesgos para situar una nueva hipótesis electoral nunca antes probada. Muchos riesgos para una cita electoral que se jugará en la (des)movilización.