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Peccata minuta

 Una mujer grita al teléfono.

123RF

Un chiste malo

Joan Ollé

¿Cuánto tiempo hace que no escuchamos ninguna declaración intelectualmente aplaudible por parte de algún líder político? Les encanta cagarla

Un chiste malo, viejo y ahora -encima- machista que me sigue haciendo gracia: tres amigos se enrollan con tres amigas en una discoteca. Hablan, ríen, cruzan miraditas... pero una de las chicas permanece fuera de juego. Uno de los amigos le espeta: “¿Cómo es que no dices nada?”. Y ella: “¿'Pá' qué? ¿'Pá' cagarla?”. Y es que últimamente solo aparece en los titulares gente que la caga, mucho, y frecuentemente a gritos. ¿Cuánto tiempo hace que no escuchamos ninguna declaración intelectualmente aplaudible por parte de algún líder político? Les encanta cagarla.

Un ejemplo de lo expuesto podrían ser los recientes grititos de Lorena Roldán -Arrimadas 'style'- exhibiendo en plan multimedia su fotico de la ETA en el Parlament. O el reciente debate entre Rahola y dos periodistas de Madrid en el que nuestra Pilar y no la de Merimée defendía sus convicciones con tantísimo empuje que, por más razón que tuviese (o razones) las iba perdiendo exponencialmente por exceso de sangre y decibelios.

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Algunos han ido progresando. Tanto Casado como Iglesias, amonestados por sus Iván Redondo de turno y después de visitar al logopeda, empiezan a comprender que están más guapos callados. Y Sánchez, desde su presidencial voz de corbata, cada día se asemeja más a aquellas viejas máquinas expendedoras que charlaban con los clientes: “Su tabaco constitucional. Gracias”.

El planeta catalán

En el planeta catalán, el griterío se ha ido delegando a las laringes que llenan sus calles. Rufián está sufriendo una metamorfosis digna de estudio: de jotero punk a filósofo zen. Y el vicario Torra, confesor marista con estola amarilla,  envuelto en un éter montserratino, susurrando a los oídos del pecador: “Aprieta, hijo mío, aprieta. 'Ego te absolvo'”.

Las tertulias radiofónicas y televisivas son un material sonoro aparte. ¿No les entra en el sueldo a los moderadores impedir que aúllen cinco a la vez sin que los escuchadores no entendamos otra cosa que su pésima educación? La solución, cambiar de dial o canal: Mozart nunca molesta.

Recuerdo que, de niño, con Franco, en el Diario Hablado de las diez de la noche una voz grave ordenaba -cito de memoria-: “Bajen el volumen de sus receptores, por favor (...) y comprobarán que la audición radiofónica es perfecta”. También recuerdo que, décadas más tarde, en un recital de Paco Ibáñez alguien del público gritó: “¡No se oye!”, a lo que él, después de un pétreo silencio vasco, respondió: “No quiero que me oigan; quiero que me sientan”. Pues eso: gritar en voz baja.