29 feb 2020

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Análisis

La resiliencia democrática de Catalunya

LEONARD BEARD

La resiliencia democrática de Catalunya

Joan Tardà

Vivimos un conflicto entre demócratas, en esta afirmación radica toda esperanza de solución

Tres ideas están presentes en nuestra sociedad. La primera, omnipresente: la demanda catalana solo tiene solución en el marco del diálogo sin condiciones y la negociación a partir de la asunción del principio de realidad que certifica la existencia de un 48% de ciudadanos independentistas, al que hay añadir un número no inferior al 14% que se manifiestan autodeterministas. El resto de catalanes transitan desde posiciones estrictamente autonomistas hasta las federalistas. Y nada hará variar estos porcentajes hasta que se haya digerido la sentencia del Tribunal Supremo y se haya delimitado el escenario poselectoral español y el de una más temprano que tarde convocatoria de elecciones catalanas. Valdría la pena, en consecuencia, que todas las partes asumieran lo que todavía no se ha oído verbalizar de manera compartida y sincera: vivimos un conflicto entre demócratas. En esta afirmación radica toda esperanza de solución en la medida que responde a lo que somos, por lo que la solución debe materializarse en las urnas. Genera vértigo político, pues, constatar que Pedro Sánchez pasa de afirmar que España es una nación de naciones a considerar Catalunya un territorio que requiere la misma solución que tiene pensada para Extremadura.

Una segunda idea tiene gran arraigo: la sentencia del Tribunal Supremo tiene un doble objetivo. De entrada crear en el imaginario de las generaciones nacidas en democracia, y en consecuencia alejadas emocionalmente del significado político e histórico de la Transición vivido por sus progenitores, que "quien la hace, la paga". Escarmiento, pues, por una parte y voluntad de diseñar una jurisprudencia suficientemente funcional como para que el Estado no tenga que vivir encorsetado entre las chapuzas que tanto han desprestigiado la justicia española internacionalmente, y la necesidad de aplicar respuestas más eficaces si "los catalanes lo volveis a intentar ", como me soltó un exdiputado del PP de alto rango. En todo caso, nada que no fuera previsible y no hubiera sido ya denunciado desde Catalunya: la no admisión a trámite en el Congreso en el año 2014 de la propuesta del Parlament de negociar un referéndum conducía inevitablemente (Rubio Llorente ya lo previó) a unas elecciones catalanas plebiscitarias y la consiguiente construcción de una legalidad paralela en el Parlament como consecuencia de la negación del diálogo, así como el retorno, también reflejado en el Diario de Sesiones, de la figura del preso político y del exiliado.

A pesar del intento de hacerlo descarrilar, el 'procés' tiene un gen movilizador y cívico

Finalmente, a pesar del intento de hacerlo descarrilar para convertirlo en una cuestión de orden público (el imaginario vasco está presente en el aparato judicial después de décadas de procesos en la Audiencia Nacional) y a pesar de la amenaza que planea de la aplicación de la ley de partidos, el 'procés' tiene un gen movilizador y cívico que responde a una voluntad democrática asociada a un bien superior en forma de un país mejor. Un 'procés' que, ciertamente, ha tensionado la sociedad catalana (que no fracturado), tal como se han tensado los bordes de todas las sociedades en las que, incluso en las que el sistema ha sabido canalizar la demanda como en el caso escocés, se ha cuestionado el statu quo.

En definitiva, no habrá salida si no se asume que entre demócratas solo cabe una resolución democrática basada en el principio democrático (y aquí el referéndum no se puede soslayar como solución). Que se va a sufrir si no se asimila el gran error de sustituir la negociación política por la judicialización (con connotaciones de venganza por una supuesta ofensa cometida al Estado). Y que nos despeñaremos si el Gobierno español no combate la derecha política o alimenta los aparatos estatales más reaccionarios amparados por un relato mediático dominante que genera una creciente catalanofobia (nunca la BBC ni las televisiones privadas británicas hubieran tratado a Salmond de filonazi o violento).

La resiliencia democrática de la sociedad catalana es extraordinaria. Prueba de ello es la manera como irrumpirá la demanda política de amnistía y la socialización del debate del encaje de la desobediencia civil en sociedades postmodernas, lo cual no quita que las nuevas generaciones (y mucho!) se deberían alarmar ante un sistema que evidencia no ser capaz de metabolizar en clave democrática la demanda catalana, apostando por un nuevo 155 y el incremento de la represión, porque lo convierte en inviable frente a otros retos urgentes y de magnitud global.

En conclusión, catalanes y españoles damnificados de un sistema de libertades español que no podría pasar la ITV de calidad democrática que exige el siglo XXI.