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Mando a distancia ante un televisor inteligente con conexión a plataformas de TV por internet.

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Una de optimismo

Mikel Lejarza

Nos ocurre en todo. Cada uno de nosotros tiene una idea propia sobre lo que se entiende por calidad. Para algunos, Taylor Swift es lo más grande desde Mozart; para otros no ha habido nada interesante desde que los Stones pasaron de los 40 años; los hay que consideran a la última joya del cine independiente una obra magna y quien disfruta con la saga de Los vengadores. Los hay enamorados del bocata de calamares y quienes solo comen sushi . "Para gustos están hechos los colores", en definitiva. Pero aunque es cierto que hay elementos técnicos que permiten discernir si una obra está hecha bien o mal, al final todo tiene que ver con cómo somos cada uno de nosotros y siendo como somos diferentes, los criterios de calidad varían tanto como quienes los establecen. Vamos, que para algunos solo los buenos licores merecen la pena, mientras que otros muchos disfrutan de las bebidas azucaradas. Por lo tanto, ¿cómo establecer una única definición de calidad cuando reclamamos a los medios audiovisuales que apuesten por la calidad frente al entretenimiento que solo pretende la evasión de quien lo consume?

Durante mucho tiempo se ha defendido que la misión de la televisión era "informar, formar y entretener", pero luego es la orientación ideológica de cada uno quien considera que los medios informan bien o mal. Pongamos un ejemplo: Para los votantes del PP, la actual TVE manipula, mientras que la emisora pública era un ejemplo de imparcialidad cuando la gestionaban ellos. Respecto al entretenimiento, muchos defienden que este sea capaz de aunar reflexión y evasión; otros tantos solo quieren pasárselo bien que bastante difícil es su vida. En cuanto a la formación, un bando cree que eso consiste en inspirar el pensamiento crítico de los televidentes, mientras que otro interpreta tal intención como mera excusa para el adoctrinamiento. Así que ¡vaya lío! No, no es fácil establecer estándares de calidad aplicados a la comunicación.

Pero lo más evidente es que el debate tenía sentido cuando el público solo podía elegir entre unas pocas opciones que marcaban con su influencia el devenir de la sociedad. Pero eso ya no es así. Hoy cualquier ciudadano tiene múltiples medios a su alcance para formarse sus propias opiniones. Hay variedad en cuanto a su gratuidad o no y los hay de todas las orientaciones ideológicas; hay canales que apuestan por el entretenimiento, otros se especializan en modelos más exigentes e incluso multitud de oferta especializada en temas concretos. Esta variedad se puede encontrar en prensa, radio y televisión, más el infinito universo que es internet. Además, hoy cualquier youtuber con ingenio puede influir en ciudadanos de todo el mundo sin que nadie le haya otorgado una licencia, ni tenga que disponer de una gran infraestructura para hacerlo. Hoy podemos elegir entre más ofertas que nunca, para formarnos, informarnos y entretenernos como cada uno desee. En eso los ciudadanos vivimos una época sin parangón en la historia en cuanto a elección democrática de cómo y con quién pasar nuestro tiempo libre. Sí, el Amazonas se quema y Trump es terrible, pero no todo va mal. Los ciudadanos nunca hemos tenido tantas posibilidades de enterarnos de lo que nos acontece como ahora y de decidir libremente a quién le creemos más.