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análisis

Un comercio regentado por paquistanís en el Eixample de Barcelona.

Ferran Nadeu

Tres tiendas han cerrado en mi calle

Josep-Francesc Valls

Internet enriquece las compras, las influye y facilita más y mejor información

Tres tiendas han cerrado en mi calle aprovechando el verano. Quedan bastantes, pero empiezan a cundir los vacíos. No han desaparecido por la inseguridad de la ciudad, ni porque hayan cambiado los flujos de los clientes. Han cerrado porque llevaban años con un surtido trasnochado e indefinido, unos precios que no correspondían a lo que vendían, un servicio discreto y una estética fatal.

Los ingresos anuales les permitían a estos comerciantes pagar a los proveedores y el alquiler a cuentagotas, pero en ningún caso un salario más que mileurista para ellos. Hubieran podido desaparecer hacía tiempo y nadie se habría sorprendido. Formaban parte de ese largo 50% de las tiendas de Barcelona con facturaciones por debajo de 60.000 euros, cuyos regentes se encuadran dentro de la economía oscura.

Este verano me he puesto al día en 'apps', aunque no llego ni mucho menos a las 80 aplicaciones instaladas en mi 'smartphone' -ese es el promedio por aparato-. La mayoría de los españoles apenas utiliza la mitad y cada día nacen miles de nuevas en todo el mundo. En el 2022, las descargas superarán los 250.000 millones, siete veces más que los navegadores móviles. Las 'apps' de compras se llevan la palma, por delante de las de música, medios y entretenimiento, negocios y finanzas, herramientas y productividad, deportes, etc. (Ditrendia, 2019).

Los 'turiferarios' de la transformación digital nos meten prisa. Pero los datos resultan tercos. Entre el 2016 y el 2019, la frecuencia de compra presencial ha pasado del 40 al 48%, mientras que en la tableta ha pasado del 8 al 15% y en el 'smartphone', del 7 al 20%. Quien crea que se acaba la tienda física, se equivoca y por muchos años. Claro que aumenta la compra online, pero la fortaleza de los nativos y de los foráneos que desean seguir comprando en los comercios resulta innegable. Sobre todo, en un país como el nuestro que recibe más de dos turistas por habitante.

¿Por qué cierran tiendas en mi calle y en numerosas calles de Barcelona y del mundo? No es por culpa de internet. Las razones son variadas. La primera, la falta de dimensión adecuada de numerosos establecimientos comerciales, que les permita ingresos para remunerar suficientemente todos los factores productivos y la tarea del propio empresario. La segunda, la baja presencia en sociedades de compra, de servicios u otras, que les impide competir con grupos de otra dimensión. La tercera, el escaso empuje para acometer operaciones financieras mancomunadas a nivel gremial, zonal, o de especialidad, que les coloca en desventaja ante las innovaciones permanentes de otros. Y la cuarta, la exigencia de los clientes demandando productos y servicios novedosos y ajustados en precio.

Aunque los nativos y los turistas tengan preferencia por las tiendas de proximidad, si un formato no se lo da se van a otro.  Internet enriquece las compras, las influye y facilita más y mejor información. Como canal de venta ha abierto una nueva vía comercial, pero al final el cliente compra donde le resuelven lo que necesita.