23 feb 2020

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Catalunya abandonada

Un efectivo de los Bomberos, en el incendio de Cenicientos y Cadalso de los Vidrios.

Emergencias 112

Voces que queman

Sílvia Cóppulo

Las voces que queman nos llegan de muy lejos. Parajes olvidados, desmemoria de tantos rincones del país. No les reconocemos el acento. Se expresan con palabras que nos resultan nuevas, viejas como son, de tan poco que las queremos escuchar. Casi no las oímos ni en la radio ni en la televisión. Como si el mundo rural fuera un exotismo. ¿Cómo podemos amar aquello que nos resulta tan ajeno? De golpe, el miedo y la desesperación que tiñe esas voces nos hace despertar del sueño de la indiferencia, apresurados como vamos por una velocidad tan inútil como urbana. Desde hace unos días los oímos en todas partes y nos nace el deseo momentáneo de ayudar. Nos sentimos culpables del abandono anímico donde las hemos instalado.

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Las voces del incendio son pura desesperación. Las ovejas, los bosques, el fuego que arrasa hectáreas y más hectáreas de vida, la explotación, las altas temperaturas, la sequía, los bomberos extenuados, perimetrar, que los dejen segar de noche o van a perderlo todo, que son los payeses y los ganaderos los que conocen la zona, que pueden ayudar y, después, la nada, la desolación y vuelta al olvido.

Las voces que queman nos contarán una vez más que los incendios de verano se apagan durante el invierno. Tantos años que les oigo esa expresión, a cada fuego, como si fuera la primera vez. Y que los bosques están sucios. Que van a pedir que se declare zona catastrófica, que lleguen pronto las ayudas, que están dejados de la mano de dios, abandonados; la despoblación. Los alcaldes se unirán para tener más fuerza. Y todo puede volverse a repetir. El mundo rural no debería sernos ajeno. Es nuestro y no debemos permitir que desaparezca bajo las llamas. Hagámoslo presente. Ayudémosle a crear su propio futuro. Ojalá que las voces que queman nos enciendan el deseo de cohesión, el alma de la unidad. La Catalunya vacía nos debería de haber colmado el saco de nuestra desvergüenza.