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Dos miradas

Bachelet durante el discurso que ha pronunciado en la sede de la ONU en Ginebra. 

AP / MAGALI GIRARDIN KEYSTONE

Triste síntesis

Josep Maria Fonalleras

El éxito más grande de la ONU es que aún exista. Y ese quizá sea también su fracaso más ruidoso

Este viernes se cumplen cien años de la constitución, con el tratado de Versalles, de la Sociedad de Naciones. Nacía como un intento de evitar las catástrofes de la guerra, justo después del final de la primera hecatombe mundial. Murió porque no fue capaz de afrontar la lenta, continua, anunciada y persistente escalada prebélica del fascismo y a la llegada de una nueva y más sangrienta hecatombe. Tras la segunda guerra mundial, renació y desde entonces la conocemos como Organización de las Naciones Unidas. Cien años, pues, en los que no ha existido nunca un gobierno mundial que detenga la inclemencia de la violencia y el terror, sino una hermosa declaración de buenas intenciones que, por poner solo dos ejemplos, tiene como hitos la apertura del Tribunal Penal Internacional y, en el otro plato de la balanza, la indigna gestión de la ignominia en Ruanda o Bosnia.

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El éxito más grande de la ONU es que aún exista. Y ese quizá sea también su fracaso más ruidoso. En un mundo que tiende al desastre (si no es que lo está palpando), ya no se necesitan nuevas instituciones globales que hagan de dique, porque hay una que disimula hacerlo. Esta es la triste, lamentable, inútil síntesis de cien años.