Ir a contenido

Pactos poselectorales

Pedro Sánchez, este jueves en la Moncloa. 

JOSÉ LUIS ROCA

¿Quién engañó a Pedro Sánchez?

Antón Losada

El 28A las urnas emitieron un mensaje nítido. Solo podía gobernar la izquierda y para gobernar España había que contar con los nacionalistas. Habían ganado los mensajes integradores y abiertos. Habían perdido las consignas agresivas y excluyentes. Con un electorado ahíto de drama y ansioso de política, un poco de pedagogía habría bastado para convencer a una mayoría sobre las bondades de un gobierno de coalición y la conveniencia de comprometer a los nacionalismos en la gobernabilidad del Estado.

En lugar de eso se optó por correr en la dirección contraria. Asumiendo esa simpleza de que no se podía hacer política porque había unas elecciones municipales - como si el votante fuera estúpido y no hubiera siempre cerca unos comicios- los socialistas se afanaron en fabricar coartadas para justificarse ante un relato inexplicablemente impuesto por la derecha perdedora. Hoy, tras haber malgastado un tiempo y energía que no tenemos, más cansados y hartos, retornamos a aquella casilla de salida.

Alguien engañó a Pedro Sánchez o el presidente se dejó engañar asumiendo que era preferible otro camino al indicado por los votantes. Para que no se les acusara de pactar con los amigos de los asesinos regalaron Pamplona a la derecha. Para que no se imputara entenderse con los independentistas renunciaron a la posibilidad de un tripartito en Barcelona que habría roto los bloques por primera vez en años. Para que no se les tildara de populistas se empeñaron en cortejar a un Albert Rivera a quien ya parece bastante pacífico calificar como de derechas. Si los socialistas se hallan hoy ante la necesidad de expiar como pecados la entrada de Podemos en el ejecutivo y los apoyos nacionalistas es porque ellos mismos se lo han buscado.

Pedro Sánchez tiene razón cuando sostiene que sólo puede haber un gobierno socialista. Pero eso solo es condición necesaria para que no haya alternativa, no condición suficiente para ganar la presidencia. Cuanto sumas 123 diputados, si no hay Gobierno, la culpa es tuya por no saber pactar, no de los demás por no votarte. No parece razonable aspirar a un gobierno “sin ataduras” cuando te faltan 53 diputados para la mayoría absoluta. Se antoja absurdo separar la investidura de la necesidad de una mayoría para gobernar cuando pretendes completar la legislatura; nadie se embarca para una travesía tan larga sin un destino asegurado.

Si los socialistas querían evidenciar que, con esta derecha montaraz, no queda otro remedio que pactar a su izquierda, deberían haberlo intentado sin avisar ellos mismos de los peligros de los ministros de Podemos o la escasa fiabilidad de los independentistas. Arruinar la reputación de tus futuros socios no parece la mejor inversión para los buenos negocios o la buena política. La duda reside en saber si la resistencia a seguir la dirección de los votantes se debe a la preferencia ideológica por el camino a la derecha o a que, como diría Jessica Rabbit, no son malos, es que los han dibujado así.