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ANÁLISIS

Quim Torra, en la reunión del Consell Executiu en la Generalitat.

ALBERT BERTRAN

Quim Torra: año I

Josep Martí Blanch

Catalunya, ayer, hoy y como todo el mundo, es presidencialista. Puede que más, por lo limitado de un autogobierno que obliga a complementar el poder real limitado por el marco competencial con la apariencia de poder, aspecto este último que depende principalmente de la habilidad de quien lo ostenta para proyectar sombras en la pared cuanto más aparentes mejor.  

Si se entiende lo anterior se entiende lo siguiente: como quiera que Catalunya no tiene 'president', bien puede afirmarse que no tiene Govern. O siendo más precisos, sin un 'president' dispuesto a liderar la acción de gobierno no hay acción de gobierno posible.

Estas afirmaciones, que algunos van a tomarse como una ofensa, no pasan de descriptivas. Es el propio Quim Torra quien pintó su mandato del color de la irrelevancia repitiendo hasta la saciedad que ocupaba el lugar que no debía. De nada sirve que haya gente que haga bien, o incluso muy bien, su trabajo, como Damià Calvet en el Departament de Territori o Pere Aragonès en el de Economía. Si la presidencia abdica de sus obligaciones es todo el Govern el que se invisibiliza. Este es el resumen del año de mandato de Torra.

La excepcionalidad del momento político sirve igual para un roto que para un descosido. Pero ni el soberanista más puro, más antiguo y mas leal puede autoengañarse hasta el extremo de atribuir a causas externas el hecho de Torra no haya cuajado como 'president'. Fue él quien inauguró su mandato negándose a asumir que, independientemente de cuáles fueran las circunstancias, había sido investido y sigue siendo él quien, después de un año, sigue enrocado en una faceta de activista que es incompatible con la de un 'president' en ejercicio.

Intenta crearse desde hace unos meses la narrativa de que Torra desea, ahora sí, coger el timón y marcar el rumbo, actuando por fin como 'president'. No quiso, si alguna vez pudo, y no podrá cuando parece que quiere. Para mandar se necesita respeto o miedo, o ambas cosas. Y a Torra se le tiene por una excelente persona, pero nadie en el entorno gubernamental, parlamentario o de partidos actúa o toma decisión alguna pensando que se requiere del visto bueno presidencial para nada en absoluto. El 'president' es tan solo una isla, y ni tan siquiera la más importante, de un archipiélago.

El acuerdo entre CDC y ERC para ir juntos a las elecciones en el 2015 bajo la fórmula de Junts pel Sí fue un parto de la burra que durante mucho tiempo pareció imposible. Torra, que entonces era vicepresidente de Òmnium, quiso prestar su ayuda para salir del atolladero con una 'boutade' que no tenía ningún recorrido: una lista electoral sin políticos. Nadie imaginaba entonces que pocos años después lo que acabaría haciéndose realidad sería un gobierno sin política.

Como 'president', Torra tiene poderes formales muy amplios. El más importante, el de pulsar el botón nuclear de la convocatoria de elecciones. Pero incluso para eso, competencia exclusiva del Molt Honorable, se requiere de una reserva de poder de la que no dispone ni va a disponer. Quizás haya un segundo aniversario o quizá no. Pero como en casi todo, no será de él de quien dependa.