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MIRADOR

La diputada brasileña de ERC Maria Carvalho, durante la sesión constitutiva del Congreso.

BALLESTEROS (EFE)

La crispación inservible

José Luis Sastre

Cuando nos decidimos por un partido como mal menor asumimos los males peores

¿Votó usted para que algo sucediera o votó para impedirlo? ¿Votó a favor de una opción o en contra de otra? Repasemos las campañas, ahora que aún son recientes: el PSOE llamó a votar para que los ciudadanos frenaran el empuje de la foto de Colón, que había demostrado ya en Andalucía su disposición a ponerse de acuerdo y puede alcanzar a la Comunidad de Madrid. Muchos de los votos que recabó Pedro Sánchez no llevaban tanto el logotipo del PSOE como el emblema de Vox tachado con una cruz. Roja, se supone.

Lo mismo sucedió en el flanco opuesto, de donde no se recuerdan grandes propuestas del PP ni de Ciudadanos ni de Vox más allá de su compromiso por "sacar al ocupa de la Moncloa". A falta de ofertas propias y atrayentes, redujeron el escenario al frente popular contra la unión de las derechas -dejando inoculada la crispación con la que el Congreso inauguró la legislatura- y uno votaba más en contra que a favor, lo que no se dio con tal intensidad ni siquiera en la transición, cuando se escogía antes para construir el nuevo tiempo que para impedirlo.

¿Es socialista todo el que votó al PSOE? ¿Es de ultraderecha todo el que apoyó a Vox? El simple gesto de introducir una papeleta en la urna a veces se explica en razones complejas. A veces, incluso, no atiende a razones. Pero lo que desde luego no podría negarse -somos mayorcitos para andar engañándonos a nosotros mismos- es que todos sabían lo que estaban votando: cuando nos decidimos por un partido como mal menor asumimos los males peores. Entre ellos, que hayamos definido nuestra ideología, con lo incómodo que es eso.

Todas aquellas preguntas de abril tienen de nuevo sentido ahora que los líderes negocian en secreto para prometernos que hablan de ideología cuando, en verdad, se hablan del poder y su reparto. Es el momento en que con mayor descaro nos mienten en la cara, mucho más que en las campañas, y en vez de llamarse amantes acuden a expresiones bobas como socio preferente, coalición sin coalición y otras cursilerías así. Igual que cuando el PSOE llamó a lo suyo con Mariano Rajoy "abstención técnica". Lo hacen pasar por amor, pero es solo sexo. De conveniencia, claro, que si por ellos fuera no pasaría del onanismo, en lo que se ejercen tanto.

No les queda más remedio que mirar a los demás y los demás no son solo los socios preferentes, sino aquellos votantes que les apoyaron por lo que representaban y por lo que iban a impedir. Es cierto que no anticiparon con quién pactarían, pero sí aclararon con quién no lo harían nunca, por lo que se entiende mal esta incertidumbre que ha venido a cernirse sobre los primeros días de junio. ¿Son ellos quienes más dudan de sus principios, que tan nítidos veían en campaña? Manuel Valls e Íñigo Errejón, al menos, actúan conforme a lo que anunciaron y si otros siguieran esa premisa presentaría el horizonte menos dudas. Las crónicas, en cambio, hablan de cambalaches simultáneos en varias pistas. Si no sirve entonces para predecir ni para descartar los pactos, ¿cuál es el precio real de tanta crispación y cuánto tardará en pagarse?