13 ago 2020

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TRIBUNA

Feminicidio social

LEONARD BEARD

Feminicidio social

Gemma Altell

Me pregunto si algunos y también algunas habrán pensado que la viralización del contenido sexual era un castigo justo ante la conducta "transgresora" de grabarlo

Esta semana hemos conocido el dramático caso del llamado suicido de una mujer después de ser expuesta al escarnio de sus compañeros de trabajo a raíz de la viralización de un vídeo con contenido sexual donde aparece ella.  Una vez más el machismo en su cara más violenta ha hecho mella. Estamos, en este caso, ante una cadena de actitudes y comportamientos machistas que han acabado con la vida de una mujer. 

La grabación de vídeos en un espacio íntimo y consensuado  es una práctica legítima y libre en el ejercicio también libre de la sexualidad. El uso intencionado de estos vídeos para provocar un daño es una violencia ejercida con la voluntad de dañar. Es importante diferenciar estos dos conceptos para no responsabilizar, una vez más, a las mujeres de sus prácticas sexuales. La responsabilidad está en quien de decide compartirlo en primer lugar –como venganza por despecho seguramente– y la decisión de cada una de las personas que lo han compartido.

En este punto me parece imprescindible preguntarnos: ¿por qué la difusión de vídeos sexuales dañan mayoritariamente a las mujeres? Sencillamente porque no son papeles intercambiables. Porque si publicamos un vídeo con contenido sexual de un hombre este consigue ampliar su hombría ante los demás, es jaleado y vitoreado por sus congéneres; sin embargo, en las mujeres, la sexualidad  –si es libre– está penalizada, siempre. Es por ese motivo por el que debemos señalar el carácter machista de esta violencia. Este vídeo se difunde para el goce masculino y, a la vez, pretende el escarnio como una forma de correctivo y amenaza ante la libertad sexual de las mujeres. Este es uno de los objetivos principales de las violencias machistas; sea perpetrado por un solo individuo, varios o se diluya en la responsabilidad grupal. Es un mensaje social hacia las mujeres como nos ha dejado claro Fran Rivera en sus esperpénticas declaraciones: hay que aleccionarnos –sobre todo a las mujeres jóvenes– acerca de cómo debemos y como no vivir nuestra sexualidad.

Mirada patriarcal

Profundizando en este análisis, me parece especialmente interesante cómo se manifiesta la mirada patriarcal de este suceso en los medios. Muchas de las crónicas escritas al respecto han puesto de relieve la situación familiar actual de la víctima -casada y con dos hijas- en oposición al momento en el que se grabó el vídeo: soltera. Pretendiendo defender a la mujer, el relato paternalista que se desprende de muchos artículos nos hace pensar en la eterna y falsa dicotomía entre la «buena mujer» y la «mala mujer», la santa y la puta; como si necesitáramos disculpar el acto de la grabación, como si se hubiera «convertido» y ahora no se mereciera esta violencia.

Las mujeres sufrimos violencias y debemos erradicar sus causas independientemente de quiénes y cómo seamos. Nuestras experiencias sexuales deben ser respetadas y no  juzgadas. No es nuestro comportamiento el que nos hace merecedoras del respeto. No existen tipologías, arquetipos de mujeres. Existimos mujeres, diversas todas, intentando vivir nuestra sexualidad de la forma más libre que podemos y cuestionando  los riesgos a los que nos exponemos fruto de esa libertad.

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Otro aspecto imprescindible en el análisis de esta cadena de machismos es la negligencia  y falta de empatía de la empresa Iveco. Actualmente cualquier empresa que cuente con más de 50 trabajadores debe tener un Plan de Igualdad que contenga un protocolo de acoso sexual. ¿Qué factores han producido esa minimización de los hechos como para que esta empresa no haya actuado? Una vez más nos encontramos ante una ceguera de género que impide identificar las graves consecuencias psicológicas que pueden producir en una mujer una violencia de este tipo.

Las organizaciones no pueden sustraerse a los impactos de las desigualdades de género y las violencias derivadas que se producen en su seno. Me pregunto si  –aunque la corrección política no permita expresarlo abiertamente– algunos y también algunas habrán pensado que la viralización del contenido sexual era un castigo justo ante la conducta «transgresora» de grabarlo; me pregunto cuánto puede haber pesado en el inconsciente este pensamiento moral y machista para que la empresa no tomara ninguna medida y también para que cada una de las personas que reenviaron el vídeo o fueron morbosamente a buscar a la víctima a su lugar de trabajo para conocerla no tomara conciencia del ejercicio de la violencia que suponían sus actos o su inhibición a denunciar.