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Revisión anual

Turistas en Maldivas observando unas rayas.

Una colonoscopia, por favor

Carles Sans

Veo a una enfermera que me pregunta si ya he vuelto de viaje. No entiendo. Me explica que mientras el propofol me dormía, les dije a todos: "Bueno. Me voy a las Maldivas"

Ante el advenimiento veraniego tengo por costumbre hacerme cada año un chequeo bien completo. Si todo sale bien, gozaré de un margen de excedencia en mis vacaciones. Me someto a varias pruebas para mi puesta a punto, y de entre todas, la que más temo, de largo, es la colonoscopia. A nadie le gusta someterse a la indigna exploración de su sistema intestinal por la vía recta. Estoy en el hospital, tumbado en un box a la espera de que me lleven en camilla hasta la sala de exploración, entra una enfermera muy simpática que me felicita por la Creu de Sant Jordi, que, según ella, me acaban de dar recientemente. La saco del embrollo diciendo que esos son los de La Trinca y yo soy de Tricicle. Esta es una confusión muy habitual que nos ha perseguido desde siempre y que avergüenza al confundido, lo lamento. Sigo tumbado y a la espera de la 'ejecución'. En el box contiguo al mío, a un señor le da un ataque de ansiedad porque dice que tiene pánico a las agujas. “¡Que me desmayo!”. Pobre hombre.

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Al fin me vienen a buscar. Mientras me trasladan pregunto al equipo de sedación si es verdad que bajo el efecto del propofol, nombre que esconde el maravilloso sedante que te sume en un dulcísimo sueño y que provocó la muerte de Michael Jackson por sobredosis, uno habla y dice cosas involuntariamente. Me lo confirman. Me pinchan el propofol, me duermo y me despierto. Cuando abro los ojos, la sesión ya ha terminado y veo a una enfermera que me pregunta si ya he vuelto de viaje. No entiendo. Me explica que mientras el propofol me dormía, les dije a todos: "Bueno. Me voy a las Maldivas". Qué cosas tiene la mente en asociación con la anestesia. Ya consciente, voy recobrando mi estado natural y me autorizan a que, poco a poco, me vista y me marche. Ando todavía algo confuso por un pasillo del hospital cuando una señora de avanzada edad se cruza conmigo y me dice: “¡Oye! ¿Eres el de La Trinca?” Yo, medio tambaleante, le digo que sí. Y me felicita por la Creu de Sant Jordi.