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ANÁLISIS

Los líderes independentistas acusados por el ’procés’, en la sala del juicio del Tribunal Supremo.  

EL PERIÓDICO

El ensañamiento

Josep Martí Blanch

De momento hay la confirmación del peor escenario, que no es menos grave por mucho que fuera lo esperado

La fiscalía ha hecho el ridículo antes y durante el juicio del Supremo. Es una conclusión generalizada que comparten los que quisieran que los encausados estuvieran encerrados de por vida como como los que desean su libre absolución. Siendo tan pocas cosas las que generan unanimidad, quizás estemos ante una de las pocas verdades absolutas e indiscutibles de todas las que nos ha ido dejando el proceso: la fiscalía ha hecho y hace el ridículo.

Y el ridículo es lo que hace elevando a definitivas sus conclusiones provisionales del mes de diciembre añadiendo tan sólo unas líneas para solicitar que cuando se dicte la pena se incluya que los reos no van a poder pisar la calle hasta que no hayan cumplido la mitad de la condena. El ridículo viene aliñado de otras cosas que se han visto o intuido durante el juicio, entre ellas la indolencia, el corporativismo y la convicción de que la dureza de las oposiciones al cuerpo no son una frontera efectiva contra la absoluta mediocridad.

Se dirá que no se puede opinar de la justicia si no se es un profesional del asunto. No es verdad. La justicia que no es percibida como tal tiene muchos números de no serlo. Y en Catalunya es prácticamente unánime, incluso entre los que piensan que los acusados no pueden irse de rositas porque delinquieron, que las penas de cárcel que se solicitan son una barbaridad. Es decir, una injusticia.

El juego del enterado

Los seguidores de las conspiraciones pueden dar salida a sus conjeturas. Aquí va una que seguro que va a dejarse oír en desayunos, comidas y cenas de todos los que quieran parecer enterados: La fiscalía pide mucho con el doble objetivo de satisfacer a la opinión pública española más enfurecida y evitar que nadie acuse al gobierno de templar gaitas con el independentismo. Después ya vendrá una condena que, aun siendo considerable, será percibida como unas vacaciones en comparación con lo que pedían los fiscales. Podríamos bautizarlo como el juego del enterado. Este juego tiene otra regla no escrita. Si las predicciones no se ajustan a los hechos, el enterado siempre encontrará algún elemento que le permitirá elaborar nuevas intenciones ocultas. Quien sabe, a veces los enterados llevan razón, como los cuñados.

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Lamentablemente esto es más serio y no hay conjeturas que valgan. Existe lo que tenemos ante nuestros ojos. Y de momento lo que hay es la confirmación del peor escenario, que no es menos grave por mucho que fuera lo esperado: hay gente sentada en la sala del supremo que no está para impartir justicia sino para blandir el hacha de la venganza. Eso sí, con el escudo del estado serigrafiado en el mango y la prescriptiva habilitación funcionarial, que el procedimiento es el procedimiento.

También es cierto que, con independencia de lo que pidan las acusaciones la última palabra la va a tener el tribunal cuando dicte la sentencia. Llegado ese día  volverá a decirse, pase lo que pase, que quiénes somos los mortales para opinar de la justicia. Volveremos a decir lo mismo: estábamos aquí, vimos y vivimos lo que ocurrió y sabemos diferenciar entre la justicia y la venganza con agravante de ensañamiento.