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IDEAS

Jordi Ibáñez, autor de ’Un quartet’. 

PERE BATLLE

Brindis por los libros sin ley

Domingo Ródenas de Moya

La medida de la normalización de una literatura (y de una cultura) la da su diversidad ecológica, la presencia dinámica de muy diversas especies que coexisten en un mismo mercado, por mucho que este sea menguante o haya entrado en zona de alarma. Sin novelas comerciales de fórmula (los 'best-sellers') no hay sistema literario que valga, como tampoco sin una producción amplia situada en la zona templada de la supervivencia (donde la calidad es aceptable y las ventas fluctuantes). Pero el verdadero test de madurez de un sistema literario lo proporcionan los libros raros, extraterritoriales, que desacatan los moldes previos, que encierran y proponen aventuras intelectuales y estéticas únicas, libros minoritarios (pero no para minorías) como los de Pascal Quignard en Francia o este que, con discreción, ha llegado a las librerías: 'Un quartet', de Jordi Ibáñez Fanés (Tusquets). No solo de la Feria del Libro de Buenos Aires viven las letras catalanas.

Cada página de ‘Un quartet’, de Jordi Ibáñez, es un regalo a la inteligencia

A través de una prosa de merodeador por todos los distritos del conocimiento, provisto de un equipaje cultural vastísimo (ojo a los tácitos consejos sobre música y cine y tómese con ironía la frecuente fuga hacia el psicoanálisis), Ibáñez, entreverando la narración amena, la divagación morosa, el diálogo y la escritura autobiográfica, aborda como sin querer algunas experiencias radicales de todo ser humano. Igual que Montaigne hizo en su ensayo 'Tres relaciones', también él se asoma a la amistad, el amor y los libros (tres fuentes de gozo y desdicha), pero su expedición hacia lo esencial se dirige también al paso del tiempo, observado en la madre nonagenaria o en el proustiano escudriñar en la propia memoria.

Y lo mismo se detiene en la vivencia y asombro ante la perfección artística que en el misterio de la invencible sed de trascendencia que parece tan consustancial a la especie como la necesidad de dotarse de sentido mediante una identidad (colectiva a menudo) o el enigma transparente del amor en su balance de sexo y afectos. Que todo ello vaya desplegándose en un estilo pletórico, rebosante de matices y dúctil, donde el catalán más elevado se codea con la lengua crepitante de la calle, para hacer de cada página un regalo a la inteligencia no es un mérito menor. Brindo por ello.

Temas: Libros