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El fallecimiento del exlíder del PSOE

Un político con mayúscula

Cristina Quicler (AFP)

Un político con mayúscula

Enric Hernàndez

Ahora que la táctica sustituye a la estrategia y el fanatismo a la razón, aún se añora más la responsabilidad de Rubalcaba

--Ni se te ocurra publicarlo. ¡No tienes ni puñetera idea de las consecuencias que puede tener! Ya he hablado con tu director y me ha dicho que lo arregle contigo.

--Alfredo, el director hace su trabajo, tú haces el tuyo y yo, el mío. Mañana abrimos portada.

Recuerdo palabra por palabra aquella conversación telefónica con Alfredo Pérez Rubalcaba porque fue, de lejos, la más virulenta de las muchas que mantuvimos durante dos décadas de relación profesional. Era la noche del 15 de febrero del 2006. En las tertulias radiofónicas empezaba a comentarse la portada de EL PERIÓDICO del día siguiente, que bajo el titular "El plan para el fin de ETA está listo" desvelaba las negociaciones de los mediadores con la banda terrorista y la hoja de ruta de un proceso de paz urdido por el entonces portavoz parlamentario del PSOE, quien, con razón, pretendía mantenerla en secreto. El PP, recién descabalgado del poder, estaba al acecho para torpedear el incierto diálogo con los emisarios del terror.

Rubalcaba, en efecto, hizo su trabajo al intentar por todos los medios que aquella información no llegara a ver la luz, por temor a que pusiera en riesgo la compleja operación y redoblara la presión política y mediática sobre el Gobierno. Y el director de este diario, Antonio Franco, también hizo el suyo al confiar en sus periodistas y publicarla en grandes letras de molde. Cinco años más tarde, tras haber asumido la cartera de Interior y ya como candidato socialista a la Moncloa, Rubalcaba vio recompensados tantos esfuerzos y sinsabores al anunciar la organización terrorista, al fin, el cese definitivo de la violencia.

El fallecimiento de Rubalcaba a los 67 años priva a la democracia española de uno de los políticos más lúcidos y sagaces de las últimas generaciones. Químico de formación, encabezó durante dos décadas los ministerios de Educación, Presidencia, Interior, Defensa y la vicepresidencia del Gobierno. Con el paso del tiempo llegó a atesorar tal volumen de información que acabó convirtiéndose en voz de referencia para muchos periodistas, con quienes aprendió a lidiar conjugando la transparencia con crecientes dosis de discreción. 


ADMIRADO Y TEMIDO a partes iguales, tanto por los adversarios como por sus compañeros de partido, Rubalcaba se batió el cobre contra el guerrismo en la siempre convulsa Federación Socialista Madrileña (FSM). Se erigió, mediados los 90, en el principal puntal del felipismo en su etapa otoñal. Apoyó a Joaquín Almunia cuando el PSOE estrenó las primarias, pero Josep Borrell ganó efímeramente aquel envite. Acompañó a José Bono en el XXXV congreso socialista en el que se impuso por sorpresa José Luis Rodríguez Zapatero, lo que no impidió que se convirtiera primero en su hombre de máxima confianza y más tarde en su sucesor.

El activo papel que jugó la noche electoral del 2004, celebradas bajo el influjo de la masacre yihadista de Atocha y de las mentiras de José María Aznar --"Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que les diga siempre la verdad"--, lo puso en la diana de la derecha política y mediática hasta el fin de su carrera política, hace ya cinco años. Lo que sobre él se ha escrito y se ha dicho en los últimos años merecería pasar a los anales de la ignominia política.

Pero, más allá de las cuitas partidistas y de su agrio enfrentamiento con la añorada Carme Chacón --que se saldó a su favor en el congreso de Sevilla del 2012--, Rubalcaba fue, por encima de cualquier otra cosa, un hombre de Estado, aunque tal vez no hubiera aceptado ser catalogado como tal.

De igual modo que pilotó el proceso que desembocó en el final de ETA, lideró la interlocución con las fuerzas catalanas durante la procelosa elaboración del Estatut y en los albores del 'procés' soberanista. Ya como líder del PSOE supo atisbar el grave conflicto que se avecinaba en Catalunya, y allanó el camino para una futura reforma federal de la Constitución que ni el independentismo supo valorar ni la coyuntura política permitió desarrollar.

Por todo ello se huzo acreedor del mismo elogio que Felipe González dedicara en su día a Manuel Fraga. "Le cabía el Estado en la cabeza."  No es de extrañar, con estos antecedentes, que el rey Juan Carlos I recurriera a él para trazar el plan que condujo a su abdicación, coincidente en el tiempo, tras el revés en las elecciones europeas del 2014, con su propia renuncia a la secretaría general del PSOE.


En estos tiempos de griterío televisivo y de excesos verbales, en los que la táctica se antepone a la estrategia y el fanatismo a la razón, la democracia española se ha quedado huérfana de la responsabilidad, la mesura y el buen tino de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Descanse en paz.