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Manifestaciones diabólicas

’Correfoc’ en Barcelona.

ELISENDA PONS

El diablo en Segovia

Care Santos

Un grupo ultracatólico dice que la estatua de José Antonio Abella, un reclamo turístico de lo más simpático, invita al satanismo. Seguro que sí, si la alternativa son ellos

¿Es usted un secreto adorador del diablo? Enhorabuena. A partir de ahora, ya no tendrá que disimular. El Templo de Satán ha sido reconocida como religión oficial en Estados Unidos, con todo lo que comporta: exención de impuestos, legitimidad para recibir subvenciones y una enorme publicidad oficial, claro, que vendrá a sumarse al éxito cosechado ya por la serie –de Netflix– 'Las escalofriantes aventuras de Sabrina' o del documental, sorpresa en Sundance, 'Hail Satan'.

A mí esto del satanismo me desconcierta. No porque lo crea carente de fundamento. Todo lo contrario: si un personaje de nuestra ancestral tradición judeocristiana me cae simpático es el demonio, tanto en su papel de trágico ángel caído como en la de prepotente señor del averno. Adoro su ubicuidad, su maleabilidad, su afición por tentar a los humanos. Tal vez por eso no me gusta que se modere, que se haga políticamente correcto.

En mi visión sesgada, católica y novelera, esperaba del satanismo terribles rituales y maléficas convicciones. Pues no. El moderno culto al diablo promulga el derecho individual a hacer lo que uno guste –con especial énfasis en la libertad religiosa– pero al tiempo proclama el respeto al prójimo. De modo que el diablo es ahora algo así como un colega gamberrillo que ha aprendido a controlarse.

A pesar de todo, estoy pensando en abrazar esta perversión baja en calorías. Después de todo, soy de una tierra de lo más demoníaca, en cuyas fiestas no faltan nunca diablos o diablesas, donde hay un montón de leyendas que relacionan al diablo con la construcción de ciertos monumentos, sobre todo puentes o pozos, de Tarragona a Besalú, de Huesca a Segovia. En Segovia, precisamente, se ha armado un pitote sensacional tras la colocación de una estatua del maligno. Es un reclamo turístico de lo más simpático, obra del escultor local José Antonio Abella, pero un grupo ultracatólico local lo ha visto de otro modo. Aseguran que la estatua invita al satanismo. Seguro que sí, si la alternativa son ellos.