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MIRADOR

Albert Rivera junto a Inés Arrimadas en la valoración de los resultados electorales.

CHEMA MOYA (EFE)

Unos resultados envenenados

Astrid Barrio

Ciudadanos debe decidir si renuncia a intentar formar gobierno con el PSOE y lo fía todo a tratar de beneficiarse de la descomposición del PP

La emergencia de nuevos partidos en el 2014 alteró radicalmente el sistema de partidos en España. Lo hizo más fragmentado, más polarizado y más abierto, tanto que Podemos y Ciudadanos llegaron a pensar que podían sobrepasar a PSOE y PP, respectivamente, y sus expectativas en ese sentido explican tanto la fallida legislatura del 2015 como la convulsa legislatura que se inició en el 2016.

Pablo Iglesias, que en esta campaña ha exhibido su lado más moderado, se negó a facilitar la investidura de Pedro Sánchez e incluso le recordó lo de la «cal viva» porque pensaba que unas nuevas elecciones le servirían para lograr el ansiado sorpasso pero no fue así. Desde entonces la división interna no ha dejado de corroer el partido hasta romperlo e incluso ha impedido la reedición de las alianzas territoriales que le aportaban buena parte de sus 71 escaños. Claramente debilitado ha ido aceptando su posición subsidiaria respecto al PSOE y desde la moción de censura se ha mostrado cooperativo, pasando de querer asaltar los cielos a conformarse con asaltar el Gobierno, algo que gracias a sus 42 diputados podría estar al alcance de su mano a pesar de haber retrocedido a la cuarta posición.

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Albert Rivera ha hecho evolucionar a Ciudadanos en sentido contrario. De presentarse en el 2015 como un partido de centro con capacidad para ejercer de bisagra entre PP y PSOE, de pactar 200 medidas con los socialistas para un gobierno reformista y de progreso primero y apoyar a Rajoy después tras la repetición de elecciones, decidió abandonar el centro y empezar a disputar al PP la hegemonía en la derecha a base de blandir bandera. No parecía haber aprendido nada de su experiencia catalana y no fue capaz de prever que esa competencia con el PP acabaría alimentando a un tercero en discordia más radical, Vox, que ha fragmentado el espacio de derecha, lo ha polarizado y lo ha empequeñecido.

Pero la mayoría de derechas por la que Cs ha apostado no suma y en cambio, con el PSOE, el partido al que ha impuesto un cordón sanitario, habría una coalición mínima ganadora que además sería ideológicamente viable como se demostró en el 2016. Casi duplicando sus escaños Ciudadanos ha obtenido un éxito sin precedentes, pero, habiendo achicado las distancias con el PP a unos niveles que ninguna encuesta reciente había detectado y sumando mayoría con el PSOE, esos resultados son un regalo envenenado. El partido naranja debe decidir si renuncia a intentar formar gobierno con el PSOE y lo fía todo a tratar de beneficiarse de la descomposición del PP para lograr el sorpasso y ser, a la larga, alternativa al PSOE, o si retoma su estrategia centrista inicial y desempolva el acuerdo al que llegó con los socialistas en el 2016 para hacer un gobierno de coalición. De momento, parece que Cs se inclina más por lo primero y que los socialistas están más tentados por acuerdo de izquierdas. Habrá muchas presiones y la decisión definitiva no se conocerá hasta la segunda vuelta del 26 de mayo