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Reconstrucción de un símbolo

El altar de Notre Dame, tras el incendio.

PHILIPPE WOJAZER (AFP)

Pasión, muerte y resurrección de Notre Dame

Robert Baró

175 años después, están sobre la mesa los mismos retos que tuvo Viollet-le-Duc de restaurar el monumento sin traicionar su esencia

Hace unos años tuve que estar en cama unos meses. Inmovilizado, la pantalla del ordenador se convirtió en una de las mejores amigas, haciéndome compañía y conectándome al mundo exterior. A menudo miraba KTO, la emisora ​​católica francesa que retransmite diariamente los oficios desde Notre Dame; un bálsamo para la vista, los oídos y el espíritu. Las austeras líneas del gótico, el hechizo de los vitrales, el humo del incienso elevándose hacia las bóvedas del crucero... eran el marco de una liturgia sencilla, y al mismo tiempo de inmensa belleza, que te abre a la trascendencia y te hermana con la humanidad.

Ver ahora las imágenes de desolación hacen revivir en mi corazón tantos momentos de consolación, y han conmocionado el espíritu de millones de personas que, creyentes o no, en alguna ocasión han encontrado paz entre las columnas de aquella vieja dama. Ciertamente una catedral es un edificio muy especial; como sede del obispo es la iglesia que identifica la comunidad cristiana del lugar, y en Europa Occidental esto equivale a decir que es el principal edificio de una ciudad desde el siglo V hasta el XIX.

Gremios y cofradías, reyes, nobles y autoridades municipales, clérigos, monjas y monaguillos, mendigos, estudiantes y campesinos... todos iban hacia la catedral, y se apropiaban de su espacio, fueran Luis IX, el cardenal Richelieu, o tantos Quasimodos y Esmeraldas que no han dejado rastro en la historia oficial. Un edificio que es el envoltorio arquitectónico de una sociedad y de sus principales acontecimientos, quizá la máxima emergencia de la identidad de un colectivo humano que, con aquellas piedras llenas de belleza, quería trascender la escasez de una existencia a menudo dura e injusta.

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El valor de un espacio patrimonial como Notre Dame es sobre todo que sigue viva, y continúa provocando una emoción indescriptible en sus visitantes, ya sea en la oración, el silencio o simplemente disfrutar de sus formas. Las alegrías, esperanzas, inquietudes, victorias y derrotas que allí se han manifestado son el legado intangible que el edificio con las obras de arte que contiene nos transmite. La angustia que hemos sentido al ver elevarse las llamas y engullir la altísima aguja nace del miedo de perder un vínculo con los que nos han precedido, con los que ahora estamos y con los que vendrán. La vieja catedral es un faro que ilumina nuestra ruta y ahora amenaza con apagarse, y dejarnos un poco más perdidos en un mundo que cada vez fluctúa más, y sin referentes como Notre Dame haría que nuestra barquita se hundiera.

¿Qué hay que hacer para que no se rompa el vínculo? Cómo intervenir en el monumento para no traicionar su espíritu? Los mismos retos tuvo Viollet-le-Duc en afrontar la restauración después de la Revolución francesa; él optó por recrear, llevar el edificio a un esplendor que quizá nunca había tenido, pero que según su criterio transmitiría su esencia. Hoy, 175 años después, con técnicas y recursos inimaginables por el arquitecto del siglo XIX, el reto vuelve a estar sobre la mesa.