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Análisis

Pablo Casado (PP), Albert Rivera (Ciudadanos) y Santiago Abascal (Vox).

Elogio a los indecisos

Olga Ruiz

Los políticos saben que han de convencerlos pero no saben cómo: siempre han hablado para los convencidos

Apostar por la clonación ideológica tiene sus riesgos, en este caso en forma de porcentaje que como un neón luminoso deslumbra a cualquiera: 41’6%. Esa es la cifra que acoge a los electores que no tienen claro a quién confiar su voto, los auténticos protagonistas de estos comicios: los indecisos.

Les llamamos indecisos aunque son ellos los que van a decidir prácticamente todo, han optado por la duda como punto de partida, han eliminado certezas, fidelidades 'in aeternum', convicciones jamás revisadas. Quizás sea la forma más responsable de afrontar una cita electoral.

Hay tres argumentos que pueden explicar la falta de certidumbre de una parte del electorado. El primero es consecuencia del aumento de nuestra concienciación política: parte de los  que ahora se declaran indecisos han optado por la abstención activa o ideológica en anteriores ocasiones, han rechazado la legitimidad del sistema político y no han ido a  votar. El próximo 28 de abril quieren que su voto cuente sin perder el espíritu crítico. Es posible que voten con la nariz tapada, pero todo apunta a que esta vez votarán.

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El segundo bloque corresponde a los electores incapaces de encontrar diferencias entre la amalgama de propuestas políticas de algunos partidos. Una vez superado el eje izquierda/derecha todos juegan a parecer lo mismo y eso acaba complicando la elección. Los indecisos que forman parte de este grupo son -sin duda- los que más daño pueden hacer a los líderes clonados (Casado, Rivera y Abascal), que incomprensiblemente han iniciado un peligroso mimetismo sin calibrar las consecuencias. Cuando un partido quiere parecerse a su rival está obligado a doblar la apuesta de este, y así vamos, de una 'boutade' a otra y tiro porque me toca.

Y todavía una tercera causa que completa la posible radiografía de ese 41’6% de indecisos, el llamado voto oculto, ese pudor que nos impide confesar en público nuestra decisión, aunque no parece determinante en esta ocasión, especialmente desde las pasadas elecciones andaluzas.  Parece que hemos perdido el miedo a significarnos políticamente, quizás como mecanismo de defensa para que no nos sitúen donde no queremos estar, o como prueba de orgullo de la reconquista (en minúscula) de un sentir político sustentado fundamentalmente por la sensación de pertenencia grupal. Y entre unos y otros, la indecisión.

Los indecisos nos salvan de una política aletargada, ejercen de despertador. La duda en plena campaña electoral sitúa a los políticos ante la renovación o no de su contrato, a ellos que son los que deciden cómo deber ser los nuestros. Son sus 15 días de prueba, sus horas extra sin remunerar y llegado el caso, su despido fulminante.

Los indecisos son en el dolor de cabeza martilleante de esta campaña, la piedra en el zapato, el tachón en las encuestas. Los políticos saben que  existen pero no saben quiénes son, cómo piensan, dónde viven, en qué trabajan. Saben que necesitan convencerles pero no saben cómo: siempre han hablado para los ya convencidos.