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Paula Huguet: "El 1% del plástico que va al mar son cepillos de dientes"

Joan Mateu

Paula Huguet: "El 1% del plástico que va al mar son cepillos de dientes"

Cambia los usados por unos de bambú y los destina a personas con riesgo de exclusión

Un cepillo de dientes es útil, asequible, higieniza. El problema es que en España se venden 160 millones cada año, lo que equivale a unos 2.600 kilos de plástico. La consciente Paula Huguet (Barcelona, 1990), graduada en Ciencias Ambientales y máster en Hidrología, se ha implicado en la campaña de reciclaje Uno Menos en el Mar y, encima, le ha dado un giro social.

–¡Los cepillos de dientes tienen lado oscuro!
–Están fabricados con distintos tipos de plástico. Incluso algunos infantiles tienen orejas de Mickey o bolas de nieve en la empuñadura. Para su correcto reciclaje, se deberían separar los componentes, cosa que resulta muy caro; así que acaban en la incineradora o el vertedero, desde donde el viento y las aves los llevan al mar. El 1% de todo el plástico que llega al mar son cepillos de dientes.

–¿Mejor no lavarse?
–No es eso. Existen los cepillos de bambú. Una vez usados, les arrancas las fibras de nailon, y el bambú puede ir a una pequeña planta de compostaje. Hasta el 31 de mayo, Brushboo, la Asociación Ambiente Europeo y TerraCycle, impulsan la campaña Uno Menos en el Mar. Los puntos de recogida –siete u ocho en Barcelona– coinciden con proveedores de cepillos de bambú de Brushboo. Cuando un usuario entrega uno de plástico, tiene un 20% de descuento para la compra de uno de bambú. 

Piezas de plástico en el interior de un albatros. / Archivo

–¿Y usted cómo encaja ahí?
–Yo trabajo en el IQS –el Químic de Sarrià–, y me di cuenta de que no había ninguno en el barrio. Como la cátedra de Ética del IQS promueve iniciativas similares, quise hacer una propuesta.

–¿Qué propuso?
–Llamé a Brushboo y les expliqué que nosotros, que pertenecemos a la UNIJES –red de los centros universitarios vinculados a la Compañía de Jesús–, no queríamos un beneficio comercial individual, sino un impacto social. Propuse que por cada cinco cepillos de plástico usados, nos dieran uno de bambú, que a su vez, serán donados a tres fundaciones que trabajan con familias en riesgo de exclusión: Migra StudiumFundació La Vinya y Fundació Salut Alta. Y dieron luz verde.

–¿Cuántos lleva recogidos?
–Dos semanas atrás conté 460 cepillos. Solo una pareja trajo 25 que tenían por casa. Después los cuento –con guantes–, los meto en bolsas grapadas y etiquetadas y las enviaré a Madrid por correo en tres o cuatro tandas.

–¿Tienen realmente impacto estos gestos?
–El cambio está en nuestras manos. Hemos de contagiarnos de energía positiva y buenas acciones. Es hora de tomar partido.

–Usted lo toma en muchas direcciones.
–Cruyff decía que "si puedes hacer el bien a alguien, debes hacerlo". Más allá de la profesión de cada uno, pienso que es importante contribuir a mejorar el entorno donde vivimos. Tengo un profundo sentimiento de responsabilidad social.

–¿Cómo le nació la conciencia?
–Me educaron en el respeto. Hacia las plantas, los animales y las personas. Yo no mato nunca una araña, la cojo y la saco por la ventana. Me dejo crecer el pelo para donarlo. Estoy metida en Ecoreasons, en cuya cuenta de Instagram denunciamos absurdidades del mercado como los ajos pelados envasados al vacío.

–¿Recuerda su primera buena acción?
El verano antes de entrar en la universidad me fui al norte de Islandia a plantar árboles. La tala de los vikingos para fabricar barcos dejó a la isla sin bosques y la población tiene una media de edad avanzada para hacer tareas físicas duras. A partir de ahí, me he comprometido en distintas campañas. Por ejemplo, colaboré con el CREAF (Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals) en el recuento de marmotas en el Pirineo.

–Los humanos también le importan.
Desde que abrieron el Pis Zero de Arrels para usuarios sin techo hace dos años y medio, pernocto con ellos dos o tres días al mes. Mi filosofía es intentar dejar el mundo un poco mejor.