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Dos miradas

Sánchez Ferlosio, en su casa, el 29 de diciembre del 2016

JOSÉ LUIS ROCA

Sánchez Ferlosio llamó a un amigo, horas antes de la muerte, para despedirse con unos versos memorables

Dicen que Rafael Sánchez Ferlosio, desde el hospital, llamó a un amigo, horas antes de la muerte, para despedirse con unos versos memorables. No es poco saber de qué poema se trataba. Lo confesó Tomás Pollán, el amigo. Dice que le recitó, de memoria, 'L’infinito', de Leopardi, una pieza intensa y emotiva, íntima y filosófica, unos endecasílabos gloriosos en los que el poeta explica que contempla el paisaje desde un cerro solitario, más allá de los arbustos que le tapan la vista. Se sienta y mira y se deja empapar por los "sobrehumanos silencios" y la quietud extrema de aquel espacio amable. Hay tanta placidez, en la elevación dócil de Recanati, que incluso el corazón se asusta. El viento aúlla entre las hojas y el diálogo con el silencio "infinito" hace que el corazón medio se asuste, y es entonces cuando llega la percepción de la eternidad, en un vaivén de estaciones muertas y de "la presente y viva estación”. Así, en esta inmensidad, el pensamiento se ahoga. "Y el naufragio", para Leopardi, "es dulce en este mar".

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Hace un siglo que el poeta lo escribió (lo recita Gassman en una grabación imponente) y ahora ha resonado en la voz agónica del escritor que encontró la lengua "tras años de gramática". ¿Qué llevó a Ferlosio a recordar los versos en el umbral de la muerte? No lo sabremos nunca. Solo sabemos que es aquí donde se fundamenta la patria fértil de la literatura: en el vínculo de las sílabas donde naufragamos juntos.